De mis notas

La guerra de las redes sociales

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

El dilema social de las redes no es nada nuevo. Se venía viendo desde tiempos atrás, cuando sus primeros creadores comenzaron a denunciar el peligro que encierran, en términos de la adicción y el efecto de estas en el tejido social del mundo.

Dejemos a un lado que la inteligencia artificial y los algoritmos con la capacidad de autoevolucionar cada vez más puedan distinguir estados de ánimo por medio de la filtración de ciertos vocablos; “likes” a determinadas publicaciones; tweets, fotos, videos, sitios visitados; contactos, geolocalizaciones, etc. —y con el uso de toda esa huella digital utilizarla para seguir cada movimiento digital para explotarla exponencialmente en forma individual en cada usuario. Eso ya es una realidad.

Lo que está preocupando el día de hoy es el creciente poder que las compañías big tech —Amazon, Facebook, Apple, Google— están teniendo en el mundo para decidir ¿quién puede hablar y quién no sobre determinados temas? ¿cuáles publicaciones pueden tener más tracción de acuerdo con los criterios de sus dueños, y cuáles no? ¿cuáles búsquedas tienen ya filtros “políticamente correctos” de acuerdo con sus propios criterios y cuáles no? ¿cuáles tópicos son tabú; a cuáles organizaciones mundiales como la OMS no se les puede contradecir o criticar? ¿qué jefes de Estado, dictadores o no, pueden tener twitter, Facebook o Instagram, y cuáles no?

Los usuarios tienen todo el derecho de migrar hacia otro lado si no les parece una plataforma, que, por cierto, han dejado de serlo, porque censuran publicaciones, limitan información y publican contenido propio. El problema es que ya no hay plataformas. Las compraron todas. Es un monopolio.

En días pasados, ante el aviso de WhatsApp de que, a partir de febrero, si el usuario quería permanecer debía estar de acuerdo con las nuevas condiciones de privacidad implícitas en la fusión de WhatsApp con Facebook, una gran cantidad de usuarios decidió pasarse a Parler, un chat de amplio espectro, sin ningún tipo de restricciones en cuanto a contenido oct. Y otros chats como Telegram y Signal. El domingo pasado, Amazon ejerció su derecho de no brindarle el uso de su plataforma a Parler y lo cerró. Parler ha demandado a Amazon por violación de leyes antimonopolio y violación de contrato.

En una audiencia ante el senado estadounidense, hace unos meses, al dueño de Facebook se le preguntó cuáles son exactamente sus estándares para filtrar el discurso político. Zuckerberg respondió: “Tenemos un estándar comunitario. Prohibimos el discurso de odio”. Ante lo cual le preguntaron. ¿Qué es un standard comunitario y quién define que es un discurso de odio? ¿Los algoritmos? Silencio…

Una de las libertades más importantes del ser humano es la libre emisión de pensamiento. Free speech, le dicen allá. Estamos en un momento en que los intereses comerciales y políticos de las big tech han tomado un poder descomunal. Suficiente para poner y quitar presidentes, dictar modas, invadir nuestra privacidad, señalar a opositores o eliminar enemigos. Todo en el nombre de una caricatura de la democracia “comunitaria”, en manos de algoritmos cada vez más complejos y peligrosos que deciden qué tipo de discurso es de “odio”.

Las big tech pueden ser grandes y exitosas. Pueden evolucionar y emprender todo lo que quieran, pero cuando se meten con nuestra libertad, privacidad —y aun con los procesos electorales, decidiendo a cuál candidato se le debe apoyar con donaciones, cuáles mensajes afines a su ideología tienen preferencia y cuáles no, es una violación de las regulaciones, que ahora, por ser afines al nuevo gobierno, tendrán la oportunidad de evadirlas, cobrando favores y emprendiéndola contra los enemigos comunes.

¿Quién es el enemigo? preguntó Juan…