Aleph

La incompetencia de los mediocres con poder

Carolina Escobar

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La mediocridad es hoy la norma en Guatemala y les sirve mucho a los políticos de turno o a los pactantes eternos de la corrupción. Es impresionante cómo aquí se cree más en quienes vociferan simplistas mentiras que parecen rotundas verdades, mientras se menosprecian más y más el conocimiento y la ética. A tono con otras sociedades del espectáculo, pero sin el beneficio de una buena educación y de una buena nutrición, Guatemala produce cada vez más animadores para el show business político y, por el otro lado, impotentes e indiferentes mirones que aplauden a payasos y ladrones.

Guatemala se ha convertido en el circo donde los animadores del pacto de corruptos hacen de todo, desde orquestar procesos judiciales y litigios maliciosos a la medida, hasta amenazar a través de las redes sociales y los medios de comunicación asociados a la corrupción. Y pueden hacerlo porque hay ignorancia extendida y la educación pública es de bajísima calidad, dedicada a formar mano de obra. Pueden hacerlo, porque hay un Estado secuestrado y atemorizado. Pueden hacerlo, porque hay una sociedad del espectáculo que se sirve bien de la tecnología y la información sin que la mayoría sepa qué elegir. Pueden hacerlo, porque ya están sentadas las bases de una dictadura judicial, institucional y corporativa.

El espectáculo se ha convertido en la realidad dentro de este torbellino de pasiones que hoy vivimos en Guatemala. Las mentiras, los engaños y los fraudes de los mediocres con poder han ganado terreno y son evidentemente incompetentes para orientar los destinos de un país, pero famosos. Tuercen la ley pero son aplaudidos. Se saben no queridos pero eso no importa, porque se codean con el poder o son parte de él. Despiertan repulsión, pero su narcisismo, voracidad e intereses están bien servidos.

Guatemala está en las manos de incompetentes mediocres con poder y de allí no puede salir nada bueno. En el medio de todo este torbellino hay una resistencia de más de 100 días que está sentando cátedra y midiendo la temperatura de la crisis que enfrentamos en toda la sociedad: la de los estudiantes de la Universidad de San Carlos (Usac) que no han permitido al supuesto rector tomar posesión del cargo al que fraudulentamente llegó. La Usac no se ha politizado solo porque algunos de sus estudiantes de distintas generaciones se hayan atrevido a pensar, cuestionar y resistir el statu quo; se politizó de verdad cuando por ley la involucraron en 1984 en las comisiones de postulación para supuestamente aislarla de las negociaciones de la política partidaria, logrando un efecto totalmente contrario.

Las elecciones (fraudulentas) de rector que se dieron en abril en la Usac tienen repercusión directa, a través de las comisiones de postulación que integra, en 54 instancias nacionales como la Junta Monetaria, el IGSS, la Corte Suprema de Justicia, la Corte de Constitucionalidad y otras, e inciden por ello en la vida nacional y en el presente y futuro de toda la ciudadanía. Si viviéramos en una democracia con un sólido estado de Derecho, donde la ética, la institucionalidad y la política fueran de la mano, estas comisiones hasta le aportarían a la academia en su sentido de futuro, pero en un país habitado por mediocres con poder y sin autoridad moral, es no solo un gran riesgo, sino un contrasentido. Sobre todo sabiendo que ya vivimos una dictadura.

Solo el 2.9% de la población guatemalteca tiene acceso a estudios universitarios. El privilegio de estudiar en una universidad y sumar grados (sin tesis plagiadas) está reservado para pocos. Esta es la otra parte de la ecuación en un país donde la mayoría de la población ha sido víctima de un histórico pacto de corruptos que la ha condenado al olvido, la exclusión y el subdesarrollo.

Pensando en tanta mediocridad que se expresa cada día en las cortes, las redes, el Congreso y otros espacios públicos, cito a Irene Vallejo cuando dice “al escuchar las proclamas encendidas de los abanderados y chamanes del presente, tan convencidos de su propia valía, convendría recordar esta paradoja: la ignorancia crea más seguridades que el conocimiento.”