Con otra mirada

La obra de arte como registro cultural

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

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El arte ha sido a lo largo de la historia un referente para conocer el quehacer de la humanidad. Como medio de expresión recurre a diferentes formas; unas efímeras y otras permanentes.

Dentro de las primeras están las costumbres y tradiciones transmitidas, primero de viva voz, de una generación a otra, y luego por registros escritos. Hoy se las conoce como patrimonio cultural intangible, entre las que está, por ejemplo, la gastronomía, sabrosa manera como un pueblo enuncia su identidad. También las conocemos como producto de investigaciones arqueológicas. De estas últimas están las ofrendas en entierros del mundo precolombino, como también de las tragedias volcánicas en Pompeya, Italia, y Joya del Cerén, El Salvador, ambas resultado de erupciones que dejaron enterrados poblados enteros. De sus excavaciones conocemos cocinas y enseres con restos de comida, de donde sabemos qué comían sus pobladores al momento de la catástrofe.

De las permanentes están, por medio de la escritura, la historia, la literatura y la música. De la pintura, escultura, arquitectura y urbanismo, su resultado es más conocido como obra de arte, que en esencia y simplificando las cosas, no son más que el registro de hechos relevantes, sucesos históricos o recuerdo de sus héroes, para que su memoria permanezca en el imaginario de la población; su finalidad es afianzar su identidad comunal, cultural y civilizatoria. De ese criterio surge el término latino monumentum, del que se deriva monumento. Comprende construcciones con valor histórico, artístico, arqueológico u otro. Destaca la arquitectura que puede llegar a constituir un nodo urbano (punto de referencia) o convertirse en un hito por valor simbólico del lugar y época de su edificación.

La destrucción causada durante la II Guerra Mundial a ciudades alemanas, húngaras, españolas, polacas y holandesas, por mencionar algunas, provocó que la Unesco, creada con el objeto de contribuir a la paz y a la seguridad del mundo mediante la Educación, la Ciencia, la Cultura y las Comunicaciones, aprobara en 1956 la creación de un centro intergubernamental para el estudio e implementación de métodos de restauración. En 1959, el ICCROM quedó instalado en Roma, al amparo académico de la universidad romana La Sapienza.

La Carta Internacional para la Conservación y Restauración de Monumentos y Sitios de 1964 (Carta de Venecia), aprobada al año siguiente por Icomos, pasó a formar parte del legado de Unesco. Su primera consideración enuncia: “Cargadas de un mensaje espiritual del pasado, las obras monumentales de los pueblos continúan siendo en la vida presente el testimonio vivo de sus tradiciones seculares. La humanidad, que cada día toma conciencia de la unidad de los valores humanos, los considera como un patrimonio común, y de cara a las generaciones futuras, se reconoce solidariamente responsable de su salvaguarda. Debe transmitirlos en toda la riqueza de su autenticidad”.

En general, de esa Carta surgió la legislación internacional para salvaguardar los valores simbólicos de la obra de arte, como testimonio de la capacidad creativa del ser humano, de la que se deriva esa necesaria fuente simbólica de identidad cultural, incluida la Ley para la protección de La Antigua Guatemala, de 1969, y más adelante la Ley para la protección del Patrimonio Cultural de la Nación, de 1997.

La Antigua Guatemala este año celebra 40 de haber sido incluida en la Lista del Patrimonio Mundial de Unesco, por sus excepcionales valores urbanos, arquitectónicos, artísticos del S. XVIII, siendo una ciudad viva. Lamentablemente, hoy su conservación no refleja la integridad y permanencia de aquellas características.