Aleph

La paz, nuestro horizonte y nuestra prioridad

Carolina Escobar

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Dejar la casa, la tierra, las historias y retratos familiares, los perros, las gallinas, la cosecha, la ropa tirada. Vivir el desarraigo, el exilio. Temblar ante lo incierto. Cargar con lo mínimo que permite una huida y dejar todo atrás para colgarse del cuello el nombre de “refugiado”. Quienes huyeron de Guatemala durante la guerra entienden de qué hablo, y también quienes viven hoy desplazamientos forzados a causa de la violencia política, la narcoviolencia o la violencia de las pandillas.

En los últimos diez años ha aumentado el número de personas que huyen de las guerras, la violencia, la persecución y la violación a sus derechos humanos. Según el último informe anual de Acnur, ni siquiera la pandemia, con todos sus cierres de fronteras y controles en más de 160 países, logró impedir que 82,4 millones de personas se desplazaran forzosamente de sus lugares de origen, lo cual supone un aumento del 4% sobre la cifra récord de 79,5 millones alcanzada en 2019. El 42% de todos los desplazados fueron niñas, niños y adolescentes. Por otra parte, casi un millón de niños y niñas nacieron como refugiados entre el 2018 y el 2020, y muchos podrían seguirlo siendo por muchos años más. Filippo Grandi, Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, señala que “aunque la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 y el Pacto Mundial sobre los Refugiados proporcionan el marco legal y herramientas de respuesta a los desplazamientos, necesitamos mucha más voluntad política para abordar los conflictos y la persecución que fuerzan a las personas a huir. (…) La tragedia de tantos niños y niñas nacidos en el exilio debería ser razón suficiente para maximizar los esfuerzos para prevenir y acabar con los conflictos y la violencia”.

En el 2020, millones de personas huyeron cruzando fronteras y varios millones más se vieron obligadas a desplazarse dentro de sus propios países. Las crisis en Etiopía, Sudán, los países del Sahel, Mozambique, Yemen, Afganistán y Colombia hicieron que el número de personas desplazadas internas creciera en más de 2,3 millones. Sin embargo, tanto el reasentamiento de refugiados como el retorno a los hogares de los desplazados internos registraron drásticas caídas con relación al año anterior; el reasentamiento incluso vivió el nivel más bajo de los últimos 20 años.

El 2020 es el noveno año de crecimiento ininterrumpido de desplazamientos forzosos en el mundo, y estos van de la mano de una creciente inseguridad alimentaria y climática. Hoy hay el doble de personas desplazadas forzosas que en 2011, cuando el total era inferior a 40 millones. Siria, Venezuela, Afganistán, Sudán del Sur, Myanmar, Palestina, entre otros países como el nuestro, nos van mostrando la foto de un mundo cada vez más inseguro para millones de personas. Nueve de cada 10 personas refugiadas del mundo han sido acogidas en países vecinos a las zonas de crisis y en países con recursos medios o bajos. Turquía, Colombia, Pakistán, Uganda y Alemania han sido los países que más han acogido a personas refugiadas, y los países menos desarrollados le han proporcionado asilo al 27% del total de ellas.

En Guatemala nos toca solicitar al vecino México que, tanto las acciones y programas gubernamentales como la estrategia de vacunación, incluyan a las personas con necesidad de protección internacional; que las solicitudes de asilo se atiendan, aun en pandemia; que se planteen alternativas a la detención de personas que buscan asilo y se les permita libre movilidad mientras esperan la respuesta a su solicitud; que se evite a toda costa la separación de las familias mientras acceden a su derecho de solicitar y recibir asilo.

Nadie huye de un entorno de paz. Por eso me sumo a la petición de Acnur, que hoy urge hoy a los líderes mundiales a intensificar sus esfuerzos para fortalecer la paz, la estabilidad y la cooperación. Somos una sola humanidad, no banderas en soledad.