Con nombre propio

La precaria construcción de la República

Alejandro Balsells Conde @Alex_balsells

Estamos en septiembre y en dos semanas cumpliremos 199 años de vida independiente, casi dos siglos ya de nuestra primera independencia. La segunda vendría cuando la Federación Centroamericana dejó de ser parte de México; pero fue hasta el 21 de marzo de 1847 que Rafael Carrera fundó la República de Guatemala y se rompió el sueño de la unión. Es sano hacer esfuerzos para saber cómo éramos y cómo estamos. La República es el sistema de gobierno por el cual se reconoce, en primer término, la igualdad ante la ley, tanto gobernantes como gobernados nos sujetamos a sus mandatos; los primeros pueden hacer solo lo prescrito por la norma, mientras los demás podemos hacer lo no prohibido. El ejercicio del poder está a cargo de distintos “Poderes”, garantizándose la alternancia porque esto produce beneficio social, político y económico para todos.

Don Julio Vielman, en su libro Los enigmas de la Independencia, describe la Guatemala de 1812 y para ello copia parte del informe que rindió el oidor decano de la Audiencia de Guatemala Joaquín Bernardo Campusano al rey: “Aún acostumbrado a ver tantos vicios y miserias en las clases bajas de otras ciudades de América no ha dejado de asombrarme el exceso a que llega esta infelicidad en la de Guatemala. Sus barrios sumergidos en una desesperada pobreza, condenados a la ociosidad, no presentan sino pendencias sanguinarias, una continua borrachera, la andrajosa desnudez, las costumbres más groseras…”. No se trata de echar limón sobre heridas, pero sí de establecer el grado de desarrollo para la construcción republicana. La historia es la mejor forma de comprender el presente para construir un mejor futuro y sí debemos esforzarnos por comprender por qué la institucionalidad no madura y la pobreza sigue siendo de las más amplias del hemisferio.

El movimiento independentista fue de élite e intentaba mantener las cosas sin cambio real; es decir, el poder colonial no variaría luego del 15 de septiembre. Gabino Gaínza, el enviado del rey, fue nuestro primer jefe de Gobierno; la traición poco importó. La élite criolla y la peninsular pactaron declarar la independencia de forma pacífica “…para prevenir las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”, como dice nuestra Acta de Independencia, el miedo al pueblo, a la fecha, es recurrente.

Competir por el poder en una República es sano, nuestro problema es que esta competencia se traduce en la exclusión del pensamiento adverso, el exilio o muerte para el incómodo. Rafael Carrera lideró un gobierno conservador y fue proclamado presidente vitalicio (república con rey), la Revolución Liberal justificó la “dictadura ilustrada” y bajo “principios liberales” gobernaron los dictadores Manuel Estrada Cabrera y Jorge Ubico. La Revolución de Octubre nos introdujo al siglo 20, pero el segundo gobierno fue derrocado, con apoyo local, por una invasión gringa. Castillo Armas se intentó legitimar con un plebiscito donde el voto fue público y el escrutinio, secreto. Luego el ejército dio el Golpe de Estado de 1963 y procura los fraudes electorales del 74, 78 y 82, para legarnos otro golpe de Estado con la dictadura riosmontista.

Desde 1985, con nuestra constitución tratamos de construir una nueva forma de república donde quepamos todos, pero salen a flote las mismas presiones por intransigencia, violencia y exclusión, ahora con un ingrediente nuevo y más peligroso, el poder del narcotráfico colado ante el poder político, utilizando al mismo Estado para sus fines y convirtiéndonos en peligro regional. No entender la injerencia del narco en la construcción republicana en el 2020 es nuestro mayor peligro, más cuando ese poder se ejerce, en buena parte, gracias a la desidia ciudadana y el miedo.