La era del fauno

La superficie de la pobreza

Juan Carlos Lemus @juanlemus9

Un trabajador se sienta cerca de donde estoy. Se dispone almorzar. Estamos en una banca de concreto, semicircular, amplia, en la Avenida de La Reforma, frente a la embajada estadounidense. Saca una fritura, algo así como de ricitos. Vacía el contenido en una tortilla. Entre sus piernas tiene una bolsita de agua a la que le arranca una punta con los dientes y bebe.

Estoy describiendo apenas la superficie de la pobreza, los abismos son más graves. El cuadro que describo es real, aunque, lamentablemente, deja de ser impresionante según se sumerja uno en otras profundidades. Si por una parte parece normal que un trabajador almuerce frituras y una gaseosa o agua “pura”, también se ha normalizado que sea esa la refacción que ponen a los niños en el colegio. Y todo eso es un lujo, si se compara con la desnutrición y hambruna de niños y adultos que sobreviven con huesos pegados a la piel.

Para el terremoto de 1976, un diario estadounidense —si mal no recuerdo, de Los Ángeles— aseguró que en Guatemala estábamos tan arruinados con la tragedia que comíamos ratas. Había fotos de personas entre el basurero.

Sin que haya terremoto, en este país hay personas hurgando comida entre la basura. El obrero de la fritura come bien, si se le compara con los pobres que buscan entre los basureros de la Sexta Avenida a plena luz del día. Los he visto sacar cajas de pizza y raspar con sus incisivos pedazos incrustados en el cartón, lamerse los dedos, empinarse los envases plásticos para extraer un poco de sobras líquidas. Por la noche, escarban los basureros afuera de los mercados.

Lo más infeliz que he visto, en ese sentido, fue a un hombre que estaba sentado en una grada, bajo el sol de medio día, en la zona 1. En nuestro centro histórico, rico en vehículos, humo negro, maldiciones y motos sobre las aceras; en ese paisaje vi a ese hombre sentado en la grada. En una mano tenía una bolsita transparente con pellejos de pollo crudos. La piel del pollo era blanca con líneas rojizas. En la otra mano tenía una tortilla. Se metió los pellejos a la boca, estiró hasta arrancar pedazos como si fuese hule estirado el que rompía entre sus dedos y un par de dientes cariados.

Los políticos comen bien. Los diputados, el presidente, su familia; la SAAS pide camarones jumbo; todos piden pastelillos, café y otras delicias. Pregonan que en Venezuela la gente muere de hambre, pero aquí la matan de hambre.

Uno quisiera ver solo la otra realidad, la de los pajarillos entre los árboles de La Reforma, la arquitectura de la octava avenida en el centro, las flores en los parques, las buganvilias del Cerrito del Carmen, la belleza celeste del cielo; uno quisiera desentenderse de lo que ocurre más allá de su mesa, pero las cifras nos recuerdan en qué nos han convertido.

La desnutrición en Guatemala es la más alta de América Latina y El Caribe, y una de las más elevadas del mundo. Los índices son más altos en las poblaciones indígenas. La desnutrición aguda en niños guatemaltecos menores de cinco años se incrementó en un 3.7 por ciento en las primeras diez semanas del 2019, en comparación con el mismo período del 2018.

Cuenta Salvador Dalí que visitó el museo del Prado junto a Jean Coteau. Cuando salieron de su recorrido, un reportero les preguntó qué salvarían de ese museo si se estuviera incendiando. Coteau respondió que salvaría el fuego. Hay cosas que uno quisiera. Por pacifista que se sea, cada cual lleva el fósforo para encender el planeta. Ciertas cosas necesitan purificarse: el continente americano, por ejemplo; también el continente europeo y el mundo entero.