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¿La tradición importa más que la vida?

Carolina Escobar

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El 9 de marzo de este año, el presidente del gobierno de Guatemala, animado por una organización religiosa cuya sede principal se encuentra en México, declaró al país, por cuatro años, como “Capital Pro-Vida de Iberoamérica”. Esto, luego de que en el Congreso de la República se propusiera endurecer las penas por aborto y cerrar la puerta al matrimonio homosexual. “Este es un día para celebrar que tenemos un país que aprende, que enseña y hace todo lo posible por respetar la vida desde su concepción hasta la muerte natural”, dijo Giammattei, quien aseguró que en Guatemala se protege la vida desde su concepción porque así “lo manda nuestra fe” y nuestra Constitución.

La última publicación del Observatorio de Salud Sexual y Reproductiva (Osar) señala que, de enero a octubre de 2022, se registraron 57,163 nacimientos de madres niñas y adolescentes entre 10 y 19 años. De ellos, 1,824 mil corresponden a niñas de 10 a 14 años, cuyo riesgo perinatal es mayor por las complicaciones médicas, emocionales y sociales que enfrentan. Además, si es menor de 14 años, la ley dice que ese embarazo es producto de una violación, aunque el hecho haya sido o no consentido. Así la Guatemala que, por decreto, se declara pro vida pero normaliza la violencia sexual y niega la educación integral en sexualidad. Ante ello, aplica bien la frase de Andrea Dworkin: “A las niñas les enseñan a tener miedo de todo, excepto al trabajo doméstico y a tener bebés”.

Nunca la tradición estará sobre la vida, aunque así haya sido siempre. Para eso somos seres pensantes, para no defender por costumbre lo que ante nuestros ojos está mal. En la Guatemala conservadora y de estándares morales tan dudosos se repite la mentira de que se cuida la vida y hasta se crean medios para sostener y difundir el engaño, pero los hechos son innegables. Ostentamos los primeros lugares en desnutrición, pobreza, abandono escolar, falta de salud e inversión en niñas, niños y adolescentes. Somos un ejemplo de corrupción e impunidad ante el mundo. Y aunque los ciegos nieguen la dictadura corporativa e institucional que ya nos rige, basta ver los tres poderes del Estado totalmente secuestrados. Pero no hay que decirlo.

Si cuidáramos de verdad la vida, el gobierno no le habría quitado dinero al programa de desnutrición para usarlo en la campaña electoral del próximo año. Si aquí se cuidara la vida, no se habrían robado el dinero de los préstamos-covid para propósitos de evidente corrupción. Si aquí se cuidara la vida, seríamos un país de verdad, con las suficientes garantías y compensadores sociales. Si aquí se cuidara la vida, al menos se atendería con respeto y amor a las niñas y adolescentes que van a dar a luz con tanto miedo e inseguridad. La adolescencia es la etapa de mayores tensiones en la vida; para las mujeres también lo es la de la maternidad y más cuando es producto de una violación. Una adolescente que dará a luz vive estas tensiones juntas.

Y resulta que en varios hospitales públicos, además del trauma de la violencia sexual que traen encima, se enfrentan a un parto cargado de malos tratos por el personal que está obligado a atenderlas. “Me trataron peor que animal. Yo llevaba mi bebé muerta en la panza, me la sacaron, le cortaron el ombligo y la echaron en un frasco. Esperaron a que se me saliera toda la placenta, y así me sacaron con hemorragia a las bancas de afuera junto a todas las que estábamos allí, porque necesitaban las camillas. Una doctora le dijo a otra: ‘estas mujeres solo hacen por gusto gastar gasolina a la ambulancia; abren las piernas y luego se quejan’.” Palabras de una adolescente.

Ante las evidencias, solo me apoyaré en la cita de Saramago (Ensayo sobre la ceguera) cuando dice: “Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”.