Aleph

La vejez, el covid-19 y el futuro

Carolina Escobar

“Estamos perdiendo a nuestros abuelos”, es una de las frases que más me ha impactado en las últimas semanas. La dijo una ciudadana italiana en el pico de las muertes en Italia. Fue imposible no relacionarla con otra frase, dicha a finales de marzo por el vicegobernador de Texas, Dan Patrick, quien, en un noticiero, señaló que las personas mayores deberían estar dispuestas a morir, con tal de no afectar el estilo de vida estadounidense. Cuando le preguntaron si había algo peor para los adultos mayores que morir a causa del coronavirus, respondió: “Sí (…) sacrificar el gran sueño americano”.

Para Patrick está claro que el capital está por encima de la vida. Sobre todo de la vida de las personas consideradas “adultos mayores”. Y parece no ser un pensamiento aislado, sino más bien la expresión de una parte de la sociedad política y de la sociedad civil estadounidense. Basta seguir el discurso y las acciones tardías de Trump frente al covid-19 para entender qué es lo que consideran importante y para recordar cómo era antes, cuando los estadounidenses eran tratados como ciudadanos. Si este “ensayo general” que apenas inicia a partir de esta pandemia nos ha de llevar a interpretarnos de otra manera en el futuro, convendría comenzar a cambiar hoy nuestros paradigmas sobre el concepto del valor. Lo que vale y no vale en nuestras culturas.

¿Por qué para unas personas el mundo sin abuelas y abuelos es inconcebible, y otras los consideran personas desechables? Una buena parte del mundo occidental se ha levantado sobre este supuesto hegemónico: lo viejo, lo sucio, lo feo, lo pobre, lo inútil y lo lento son, culturalmente hablando, antivalores para el sistema neoliberal. En oposición, tienen valor lo nuevo, lo joven, lo limpio, lo bonito, lo que posee riqueza, lo útil y lo rápido. No es casualidad que los cirujanos plásticos, los bancos, las empresas de tecnología, los psicoterapeutas y psiquiatras tengan más clientela que nunca, tratando de resolver todas las neurosis que se producen en el intento de ajustarse adecuadamente al modelito. Perdimos el equilibrio.

Muchos de esos hombres y mujeres que conforman la población de los adultos mayores ni siquiera se sienten viejos y, sin embargo, luego de haberse roto el lomo durante su vida o de haber hecho aportes significativos a su sociedad, se ven excluidos de todo en un abrir y cerrar de ojos, porque “ya no sirven”. Ni en la empresa ni en la familia, ni en la sociedad. Y encima, si llega una pandemia, los ponen en la primera línea del sacrificio, todo en nombre de la acumulación del capital. ¿Cuándo comenzamos a perder el camino? Paradójicamente llama la atención que las abuelas y los abuelos tienen hoy, en general, mucha mayor esperanza de vida que antes. De hecho, también sus cerebros están mejor nutridos y algunos están mejorando, incluso, su condición física.

¿Qué hacemos, entonces, para cambiar este paradigma? Quizás debamos comenzar por redefinir nuestro concepto de valor. Quizás es buen momento para ensayar nuevas ideas sobre todo, pero particularmente sobre cómo nos estamos relacionando intergeneracionalmente. El conocimiento y el sentimiento podrían ser los puentes que nos unan entre generaciones, porque no hay nada más resistente frente a un sistema de valores tan inhumanos que la razón y el corazón puestos a actuar juntos. Más temprano que tarde, cada una y cada uno de nosotros formará parte del grupo de los adultos mayores, y ojalá nuestra dignidad nos pida ser tratados con respeto y amor, sin lástima o asco. Menos ser desechables. Quizás el futuro no sea solo de las generaciones venideras, sino de “los viejos y las viejas” que aportan a su sociedad y entienden que se va del amor a la muerte, sin pasar por la vejez. Eso, por cierto, me lo dijo un querido y viejo amigo, hace mucho tiempo.