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La verdad existe

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“No miren arriba”, la popular película de Netflix, me incomodó. La sátira versa sobre la deliberada decisión generalizada de ignorar un cometa que destruirá la Tierra. Aunque el director Adam McKay se burla de su propio bando ideológico —el socialismo democrático—, manifiesta un desagradable desdén por las personas corrientes. Si el asteroide simboliza el calentamiento global, como afirma McKay, somos los humanos egoístas, consumistas y hedonistas quienes aniquilamos nuestro común hogar. No sé si pretende zangolotearnos para operar el cambio, o ya perdió toda esperanza.

Yo saqué tres mensajes valiosos de la película: 1. es importante la verdad, y estar conscientes de ella; 2. hemos perdido la capacidad de comunicarnos efectivamente, y 3. la coerción política no es la solución. El actor y ambientalista Leonardo DiCaprio representa al desesperado profesor Mindy. Junto a su alumna de posgrado, Kate Dibiasky (Jeniffer Lawrence) descubren que estamos a punto de ser exterminados por el cometa. El profesor posee una verdad que debe transmitir al resto del mundo. Esta verdad lo obliga a salir de su zona de confort. Consigue audiencia con la corrupta presidenta de Estados Unidos (Meryl Streep) y con personalidades de la televisión. Tales encuentros le revelan un mundo paralelo. Sus advertencias caen en saco roto por la disparidad entre los paradigmas de la clase política y mediática, y los del mundo académico.

Los apasionados por distintas causas nos defraudamos cuando otros desestiman la relevancia de nuestra cruzada. Y cuando la contraparte no responde como nosotros quisiéramos nos puede entrar la tentación de descalificarla como idiota o maliciosa. Es decir, nos puede entrar la soberbia y el desprecio que destila “No miren arriba”.

Intuir una verdad en la era de la posverdad es frustrante. Los socialistas progresistas que temen el apocalipsis climático son los mismos que negaron la existencia de la realidad objetiva. Ellos coronaron la emoción y destronaron a la razón; dijeron que “mi” verdad es tan buena como “tu” verdad y se aficionaron a inventar convicciones atomizadas. Tacharon de “ofensivos” los debates, crearon espacios seguros segregados y “cancelaron” a sus disidentes. Para colmo, se pavonean de ser una exclusiva élite que es moral e intelectualmente superior a los demás. Poco deben extrañarnos, entonces, los diálogos frívolos y absurdos, como el intercambio entre Mindy y Dibiasky y los anfitriones del espectáculo de televisión, o la comunicación estratégica de la presidenta.

En vez de intercambiar insultos, las partes en una discusión franca y constructiva deben sinceramente respetar al otro. Solamente desde la benevolencia mutua y humildad intelectual podemos pulir ideas para aproximarnos a la verdad.

Y debemos revalorar la razón, la lógica y la evidencia. Hasta las hipótesis en el campo de la ciencia natural deben ser sometidas a un constante escrutinio crítico. Quienes exigen una obediencia ciega “a la ciencia”, como hace la película, ya no hacen ciencia, sino que se convierten en fanáticos del cientificismo.

Es tentador recurrir al garrote tras el fracaso de la persuasión. McKay seguramente aplaudiría un gobierno por el socialista Bernie Sanders que implantara sus políticas preferidas a la fuerza. Pero como discierne “No mires arriba”, la clase política se preocupa por la popularidad, la acumulación de votos y las oportunidades de búsqueda de rentas y el trueque de votos.

Busquemos soluciones a problemas reales desde la cooperación social y la libertad, en lugar de propiciar alianzas entre las supuestas élites políticas e intelectuales y favorecer la coerción.