De mis notas

La vida en los tiempos del coronavirus

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

El virus apagó la luz y suspendió la telenovela en la que vivimos. Esa telenovela en la que creemos ser los actores viviendo dentro de la burbujita del día a día. Creyendo que somos lo que hacemos, que valemos por lo que tenemos: chunches, marcas, todo ese menú de “cosas” del cual derivamos algún sentido de importancia o estatus.

Pocos están conscientes de que somos unas criaturas vivientes, con un autoimpuesto nombre de Homo sapiens, íntimamente conectadas entre sí, conviviendo con todas las especies de flora y fauna que se encuentran dentro de este pequeño planeta llamado Tierra, girando en el espacio a 1,700 kilómetros por hora, y en órbita alrededor del Sol, a una velocidad de 107 mil kilómetros por hora. Ni intentaremos dimensionar nuestra pequeñez en el cosmos, un diminuto puntito deambulando en la dimensión infinita. Como una vez dijo Carl Sagan: “Hay más estrellas en el firmamento que granos de arena en todas las playas de la Tierra”.

El virus ha detenido al mundo entero. Una pausa en la que la Tierra se recupera de una velocidad de civilización ansiosa, estresada, insatisfecha. Buscando en las métricas de la productividad la razón de ser de la existencia misma. Poco tiempo había para detener la mente y reconsiderar la habitualidad de nuestras rutinas, apresuradas.

El paro nos está dando un tiempo para recapacitar sobre ese papel que veníamos desempeñando en esa novela. Ahora podemos percibir al personaje desde afuera como observadores. No soy el papel o el rol que actúo, o lo que hago; soy yo, aquí, afuera, observándome. Y es en esta conciencia donde surgen las preguntas existenciales más profundas del ser: ¿quién soy? ¿qué hago aquí? ¿para dónde voy? Son preguntas válidas en estos tiempos del cólera, diría García Márquez, porque al final del día, de esas respuestas construyes tu escala de valores. El valor que le das a tu familia, hijos, esposa, padres; tu carrera, tus amistades, tus posesiones. Tus creencias, tu identidad. Tu destino. Creo que me entiendes…

El planeta se limpió de tanta contaminación, y en Venecia juegan los cisnes en las aguas esmeraldas y en China los azules del cielo reaparecieron del gris permanente. El planeta respira porque nos hemos tenido que sosegar. Y aun en medio de esos temores propios de contagio y las preocupaciones económicas derivadas de esa parálisis, estamos agradecidos a Dios, al Creador, llámalo como quieras, por darnos el techo sobre nuestras cabezas y el plato de comida en la mesa.

Y sin embargo, preocupa que sean los más débiles y vulnerables los que no tengan esa misma condición. Los que viven del día a día. Los que eran pobres antes del virus. Esos son los que deben recibir ayuda cueste lo que cueste.

¿Qué hacer en esas circunstancias tan diferentes a las catástrofes naturales que no presuponen limitaciones, al voluntariado, o la consecución y distribución de víveres; ni hay controles tan estrictos de asepsia como lo ameritan estas circunstancias? ¿Qué podemos hacer? ¿Donaciones? ¿Hacer algún tipo de voluntariado especial? Sinceramente, no lo sé. Estoy aquí sentado en mi escritorio, escribiendo esta columna, “consciente” de que nunca en toda mi vida me he sentido tan profundamente “consciente” de la fragilidad de la vida, de la debilidad sistémica institucional de nuestro país, del mundo, de los enormes desafíos que nos plantean las circunstancias de una pandemia mundial que afecta a la humanidad entera.

Ahora estoy más “consciente” que nunca de que, aunque seres individuales, estamos conectados y formamos parte de un todo: planeta, galaxias, cosmos.

Si… pienso en Dios. El que hizo el big bang y todo lo demás….