Sin fronteras

Las caravanas de Trump

La migración centroamericana está hecha de actos individuales y clandestinos. El gran conjunto de decisiones personales tiene la interpretación colectiva a gran escala que hoy merece. Pero eso no cambia la dinámica de la persona que, en la soledad de su hogar, decide irse al norte. Esto es lo que ha sido siempre nuestra emigración. Las caravanas son otra cosa.

Por estos lares nunca supimos de caravanas. Nunca, hasta octubre de 2018. Recordamos que ese noviembre, un mes después, era la elección de medio término en EE. UU. Una elección crítica porque, además de sillas legislativas y gubernativas, se jugaba una especie de referéndum para el turbulento Trump. Lo mismo sucede cada cuatro años, pero esa vez la polarización fue extrema. Y lo migratorio jugó una parte central. Como todo lo que sucede en tiempos de Trump, las imágenes de las caravanas fueron sensacionales. Eran columnas masivas. De mil. Luego tres, cinco mil personas que huían de la desgracia centroamericana, sí. Pero ahora de forma diferente.

¿Escondidos? No. ¿Tímidos? Para nada. Esta vez, entre cánticos y gritos derribaron cercos fronterizos con banderas en manos. Se quisieron hacer ver. Las cámaras del mundo tomando fotografías. Por definición, fue una manifestación política. La pregunta abierta es si fue espontánea, o si alguien la organizó, ¿quién?

En ese entonces las caravanas hicieron preguntarnos si el modelo de emigrar había cambiado. Salir del anonimato; ahorrarse el coyote. La hipótesis se dispersó porque, mágicamente, después de esas elecciones a nadie más se le ocurrió organizar una caravana masiva. Nunca, hasta ahora. Ahora, octubre 2020. A un mes de una nueva elección. La hipótesis de que las caravanas son organizadas por los más altos intereses políticos en EE. UU. está lejos de ser una vana teoría conspirativa. Recordamos que el presidente Trump fue vigorosamente activo en culpar a los demócratas, llegando incluso a declarar que “mucho dinero” estaba siendo canalizado hacia las personas para que llegaran a su frontera antes del día de las elecciones. Sin embargo, yo no encuentro un solo rédito político que pudiera traer una caravana al Partido Demócrata. Lo que sucedió fue lo contrario. Trump la hizo propia; instaló un Estado de Emergencia nacional, lanzó amenazas hacia los países del sur, alimentó su propaganda nacionalista. Y patentó la marca de un eslogan nacionalista: “Nos están invadiendo”.

¿Qué hacer como país ante este tipo de encrucijada, donde no parece haber solución perfecta? Por un lado, nuestra ley y nuestra posición moral deben ser de garantía y protección a quienes ejercen su derecho de migrar. Esto, por solidaridad con los pueblos centroamericanos, como también por congruencia, por nuestras propias necesidades migratorias. Sin embargo, es indispensable evitar ser parte de un juego asqueroso y diabólicamente planeado, organizado y ejecutado por sucios intereses. Esto más ahora, en el contexto de una pandemia que el Estado guatemalteco no tiene los recursos para afrontar. Caravanas masivas e incontrolables transitando por el país constituyen un peligro sanitario para la población y para los mismos peregrinos.

Hace falta astucia. La posición del Gobierno fue lanzar un mensaje tosco, enfocado solo en una seguridad que ni siquiera tiene la capacidad de imponer. Por su parte, sectores de oposición, de sociedad civil, así como la Procuraduría de los Derechos Humanos y la Comisión de Migrantes del Congreso llamaron a proteger a los migrantes y respetar su derecho, ignorando la situación sanitaria del país. Ambas, insuficientes para el momento, alimentan el juego perverso de quien organiza esta desgracia humana. Es evidente que las caravanas no son parte regular de nuestro éxodo humano. Necesitamos elevar la discusión a otro nivel.