Cable a tierra

Las curvas de Nahualá

Karin Slowing karin.slowing@gmail.com

Son más o menos treinta y cinco kilómetros desde que se abandona la hermosa planicie donde está Argueta, en Sololá, hasta llegar a Alaska, el punto más alto en el ascenso de la Sierra Madre rumbo al Altiplano Occidental de Guatemala. Durante ese tramo, que se siente mucho más largo por la topografía del terreno, la carretera serpentea sinuosamente; tiene varios ganchos tan cerrados que se pierde frecuentemente la visibilidad del camino que viene por delante. Cuando cae la neblina o si llueve o se viaja de noche, ese tramo vial que atraviesa territorio del municipio de Nahualá, y luego parte de su cabecera municipal, es altamente propicio a tragedias como la ocurrida hace unas noches, cuando un tráiler atropellara a varios vecinos que se aglomeraron sobre la vía para acompañar otro trágico evento que se había dado momentos antes: el atropellamiento de otro vecino, líder comunitario de Nahualá por un automóvil que se dio a la fuga.

Me enteré hasta la mañana siguiente de tan dramático hecho. Mi corazón se llenó de dolor. Soy usuaria frecuente de esa carretera y pude situarme de inmediato en el lugar. Conociendo ahora mejor que nunca el patrón de vida comunitario en el Altiplano Occidental, no me sorprende la gran aglomeración; duele eso sí, que no se hayan tomado las medidas adecuadas para advertir a los pilotos en ruta de que había un percance; es muy posible que recién ocurriera el atropellamiento previo y por eso no se había señalizado. Solo la investigación dirá —si es que hay alguna— lo que allí ocurrió, y en qué medida el piloto del tráiler fue, también, una víctima más de tan doloroso efecto mariposa que se desató con el infortunio del líder comunitario.

No puedo evitar pensar que pudimos ser cualquiera de los usuarios de esa carretera a quien nos ocurriera. Le pasó a una amiga algo similar, cuando bajaba la montaña hace un par de meses. Pasando una curva cerrada, se encontró con un accidente recién ocurrido y por esquivarlo, terminó cayendo a un abismo, salvando de milagro su vida.

Otros amigos no han corrido tanta suerte; como estos pobladores de Nahualá que sea por curiosidad o por el legítimo deseo de ayudar y acompañar al líder comunitario fallecido, quedaron expuestos a la fatalidad. No puedo evitar pensar en el piloto cuya vida ha quedado marcada por algo que difícilmente pudo anticipar en esas carreteras sin iluminación y generalmente poco transitadas de noche. Sé que hay mucho piloto irresponsable, pero también sé de las terribles condiciones en que efectúan su labor.

Son varios los accidentes fatales de pequeña, mediana y gran envergadura los que ocurren a diario en las carreteras y calles del país. Nunca hay una sola causa, pero siempre hay un común denominador: la negligencia del Estado de implementar medidas para que tanto los individuos, las comunidades, los conductores, las empresas y las propias autoridades adopten medidas para prevenir estos percances.

La desolación invade cuando además de que tenemos un Estado negligente, se manifiesta una sociedad carente de empatía por el sufrimiento ajeno, menos si este ocurre a gente del área rural e indígena; que opta por culpar a las víctimas. Esa falta de empatía con el prójimo es una contradicción con la solidaridad que sí somos capaces de tener durante una situación de tragedia masiva, como las que también vivimos frecuentemente en Guatemala. Supongo que será tema que los psicólogos sociales nos pueden ayudar a entender mejor por qué vivimos en esta contradicción. Mientras tanto, mis mas sinceras condolencias a los habitantes de Nahualá, y en particular, a las familias de las víctimas de esta gran tragedia.