Aleph

Los aprovechados y las banderas blancas

Carolina Escobar

Cuando comenzamos a ver banderas blancas en las casas y las calles, alguien me dijo: “Son los aprovechados de siempre, unos haraganes que no quieren trabajar”. Busqué el significado de la palabra “aprovechado” y encontré dos: 1) Es la persona que trata de obtener, normalmente sin escrúpulos, provecho o beneficio de otras personas o de cualquier cosa, y a menudo lo consigue; y 2) Una persona aplicada y diligente, que aprovecha lo que le enseñan. Me quedo con la primera acepción, porque estoy segura de que a esa se refería la persona que me hizo el comentario. Hay tres cosas que quiero resaltar en este sentido: el tema de los escrúpulos, el del beneficio personal a costa de otros y el de la intencionalidad de quien llamamos “aprovechado”. Haciendo el ejercicio frente a la situación actual, mi dibujo termina muy parecido al del infierno de Dante, con sus nueve círculos y más, y pocas son las banderas blancas que aparecen, porque está lleno de otro tipo de aprovechados que no necesitan bandera para ser puestos en evidencia.

No romantizo a los pobres, pero les respeto por construir sus vidas tan marginalmente, con tan pocas posibilidades de movilidad social, y aún así sobrevivir a contrapelo de la historia en una sociedad que valora el tener sobre el ser. Aprovechados hay en todas partes, en la riqueza y la pobreza, y lo malo no es tratar de obtener algo para sí, sino la intencionalidad de quien lo hace y la forma en la cual lo hace, perjudicando a otros. Me queda claro que no es lo mismo salir con una bandera blanca a pedir alimento en un país donde más del 70% vive en pobreza o extrema pobreza, que salir con un discurso de bandera blanca (aunque no aparezca el trapito) a robarse millones del erario nacional que jamás llegarán a beneficiar a la población. No es lo mismo pedir dinero o comida porque de verdad se necesitan, que robarlo dejando a otros sin dinero, sin comida para los suyos, sin programas sociales, sin salud, sin educación, sin oportunidades. No es lo mismo mendigar un pan o pedirle dinero a alguien que un empresario voraz le pida un subsidio por 50 años al mismo Estado que debilita y defenestra. Sin embargo, tanto unos como otros son parte de un mismo sistema. Hay ocho cuadras de personas haciendo fila en Nueva York y más de mil personas haciendo fila diariamente frente a Rayuela, en Guatemala, todas buscando alimento. Allí están, porque siempre han estado, solo que ahora son más y las vemos. Hay banderas blancas que ya estaban en millones de lugares de Guatemala, donde la vergüenza ya no existe, porque lo que priva es el hambre y la falta de justicia.

Si hiciéramos números comparativos sobre los aprovechados de verdad que nos roban por millones sin trabajar mucho y estos de las banderas blancas, nuestro infierno de Dante contendría nombres y apellidos de voraces ladrones que solo acumulan para sí, de iracundos y perozosos que hacen dinero fácil, de financistas que dirigen teatrinos de marionetas en la clase política, de homicidas, criminales, megalómanos, tiranos, violadores, mentirosos, proxenetas, embaucadores, aduladores, políticos corruptos, malversadores de fondos públicos, hipócritas, sembradores de discordia, falsificadores, defraudadores y traidores. Ya podríamos hacer la larga lista de nuestro infierno guatemalteco mientras recordamos una frase muy pertinente de Ortega y Gasset: “La salud de las democracias, cualesquiera sean su tipo y su grado, depende de un mísero detalle técnico: el procedimiento electoral. Todo lo demás es secundario”. La bandera blanca es un símbolo de rendición y petición al cese de hostilidades, y aquí ha habido muchas. Usémosla para comenzar el cambio de paradigma que esta sociedad está pidiendo a gritos. Una pandemia nos tuvo que venir a recordar lo obvio: cuando un Estado no funciona para la gente, es la gente abandonada por ese Estado la que saldrá a las calles.