La era del fauno

Los astrosos, al poder

Juan Carlos Lemus @juanlemus9

La esclavitud de los siglos pasados no es hoy día un problema de encadenados subastados ante la vista pública; es la reducción del ser humano al estado de cosa, como decía Marcuse. Pues, en tanto cosa, el ser humano es manipulable. Se le inocula la imposibilidad de discernir su realidad social. Aprende que desarrollarse es acudir a un café internet para plagiar una tarea. Su proyecto de vida, sin darse cuenta, es vitrinear, graduarse y llegar a empleado del mes, ganar el elogio del jefe, el aplauso del equipo, servir de ejemplo en la empresa, todo eso construido sobre los charcos de su sacrificio.

Los más listos —coloquialmente prefiero llamarlos de otra manera— contratan al que esté dispuesto a tener eso que llaman horario flexible. A cambio, recibirá un bonito teléfono que lo encadenará a todas horas, días de descanso incluidos. Es decir, los muchachos que logran graduarse adquieren su “independencia económica” con todo y cadenas. Esa manera de “superarse” es el resultado de la deficiencia educativa.

En países como el nuestro, se cree que ascender en la escala social es solo abandonar la condición de mayoría explotada, esa que tiene las manos reventadas por el trabajo, por el comal, y pasar a formar parte del selecto grupo de ejecutivos de cuello blanco —hasta venden almuerzos ejecutivos para afinar la fantasía—. Pequeños consoladores como un televisor fortalecerán esta creencia: tenemos empleo, trabajamos para darnos gustos, somos afortunados, debemos estar agradecidos (con Dios, el jefe, la vida, etc.). Todos queremos ganar y disfrutar, por supuesto, nos encanta vitrinear —al menos, a mí—, pero ¿cuál es la razón central de que el ser humano se desdibuje por servir a otros, que pierda la noción del tiempo en el trabajo, que no analice su situación social, y encima tolere que unos tontos lo seduzcan en período de elecciones para después aceptar sus maldiciones durante cuatro años?

Esa razón la encontramos en la nula, poca y deficiente educación. Según las pruebas realizadas a los estudiantes de diversificado que culminaron estudios en 2018, 9 de cada 10 tienen deficiencias en matemática, y 6 de cada 10 las tienen en comprensión lectora.

Es decir, a los graduados se les dificultará o no tendrán futuro en las áreas humanística ni científica. Entonces, ¿qué harán? Serán los futuros diputados, presidentes, cancilleres. Serán el relevo de lo que hoy tenemos. Esa cosa desagradable en el poder. Abundan pruebas del abaratamiento intelectual que hay en los puestos más altos del Estado. Gobiernan los más incapaces, los astrosos; siendo así, cualquiera puede. Se ve que las deficiencias educativas no impiden que algunos alcancen puestos privilegiados y propongan leyes, con brutal ignorancia. O paran conduciendo importantes programas de opinión en medios de comunicación. En el hemiciclo hay analfabetas haciendo leyes. No es chiste. El diputado Galdámez, por ejemplo, un personaje con serios problemas para escribir una oración simple, es uno de ellos y pretende ser presidente del país.

En tierra de ciegos, el tuerto es rey. Esas cifras que arrojan las evaluaciones conducen hacia el pobre pensamiento crítico, el cual no es asunto de personas inteligentes, es apenas dar una lectura a los hechos que nos conciernen. Como la educación es deficiente, se seguirá imponiendo la banda presidencial a facinerosos, a gente incapaz de leer, pero que es buena para el manoseo social; gente que decide sobre las cabezas de una población esclavizada gracias a que se le niega el acceso a la educación, o si se le brinda, es de pésima calidad.