Aleph

Los cuerpos independientes

Carolina Escobar

El tiempo de la esclavitud pareciera quedar lejos, pero la subjetividad y las prácticas asociadas a la ilusión de la pureza de la sangre aún permiten sostener rasgos cíclicos y sistémicos de un modelo de racismo, acumulación, exclusión y despojo. Es importante recordar que cuando los españoles habitaron estos territorios y compraban un esclavo o esclava adquirían su cuerpo para toda la vida. Esto justificaba que el cuerpo esclavo fuera torturado a niveles inimaginables, porque ese cuerpo era del amo, mientras que el alma le pertenecía al esclavo. Tanto así, que cuando un esclavo se fugaba y era posteriormente hallado, era considerado un delito de hurto, porque se robaba a sí mismo, siendo bien de su amo.

Sin embargo, es necesario reconocer que fueron el silencio y las manos indígenas y negras esclavas las que levantaron y sostuvieron a la familia, la sociedad y la economía de los siglos de la Colonia en países como el nuestro. De allí me salto al primer punto de nuestra acta de independencia, ideada y escrita por un grupo de personas que representaban lo más criollo de la sociedad guatemalteca, y que dice textualmente: “Que siendo la independencia del gobierno español la voluntad general del pueblo de Guatemala, i sin perjuicio de lo que determine sobre ella el Congreso que debe formarse, el señor jefe político la mande publicar, para prevenir las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”.

Conviene leerlo entre líneas. Los que lucharon por librarnos del yugo de la “Madre Patria” nos impusieron otro: le robaron al pueblo, en un acta de independencia, su derecho a la libre determinación. Esto lo hicieron desde esa subjetividad que parte de que hay ciudadanos de primera que dictan las normas, y ciudadanos de segunda, que necesitan ser tutelados. Por supuesto, allí nacen las grandes paradojas de cualquier orden inequitativo; por ejemplo, históricamente se mantuvo al pueblo sin educación y sin oportunidades de vida digna, pero, a la hora de tener que defender sus territorios como legítimos propietarios durante el gobierno de la reforma liberal impulsada por Justo Rufino Barrios, a los indígenas se les exigió en los juicios escribir bien su nombre y defender bien en “castilla” sus tierras. Imposible. Todo fue legal, pero no legítimo y menos ético, y el idioma fue el vehículo que legitimó la arquitectura jurídico-agraria determinada por unos pocos para su propio beneficio. Por ello, no es extraño afirmar que, en Guatemala, la diferencia como menosprecio se ha sostenido a partir de un racismo exacerbado que ha permitido una cultura de exclusión, despojo, extorsión y muerte, ejercida sobre una inmensa mayoría poblacional, principalmente indígena.

Y aunque nuestra Constitución, en su artículo 141, nos reintegra plenamente el derecho a la libre determinación cuando establece que la soberanía radica en el pueblo, “quien la delega, para su ejercicio, en los Organismos Legislativo, Ejecutivo y Judicial”, no nos libramos del yugo colonial. Llegamos a los 199 años de vida “independiente” ocupando el último lugar de Latinoamérica en el Índice de Progreso Social (IPS), lo cual habla de causas estructurales no subsanadas que siguen afectando a millones de personas. ¿Eso habla de cuerpos independientes? Llegamos siendo un narcoestado enfermo de corrupción, donde las elites ciegas siguen pactando para sostener este modelo esclavo. Este 15 de septiembre llegó en medio de una evidente tensión entre el gobierno y la prensa, que tiene como epicentro la vulneración de la libertad de expresión de quienes ejercen un periodismo investigativo y del derecho a la información que tiene la ciudadanía. La falta de rendición de cuentas de parte del gobierno, así como de garantías hacia periodistas y comunicadores independientes, nos hace cuestionarnos sobre nuestro concepto de independencia, porque a las magras libertades ganadas no podemos ponerlas en retroceso. Nos toca seguir avanzando por senderos más democráticos que nos permitan ser cada día verdaderamente más libres, más soberanos y más independientes.