Con nombre propio

Los muros

Alejandro Balsells Conde @Alex_balsells

Al terminar la II Guerra Mundial, Alemania se divide en cuatro zonas a cargo de las potencias vencedoras. Estados Unidos, Francia, Inglaterra y la Unión Soviética. Berlín, capital alemana y desde la cual Hitler dirigía a sus fuerzas, queda enclavada en la porción bajo el dominio soviético.

Dos Alemanias fue el resultado inmediato de la guerra. La primera, situada al oeste con un sistema capitalista, y la otra al este, con planificación centralizada y bajo el comunismo. La primera era la República Federal Alemana (RFA) y la segunda, la República Democrática Alemana (RDA) —lo de democrático era un eufemismo—.

Con sistemas económicos y políticos opuestos, originaban migraciones constantes y tensiones; resultaba difícil compatibilizar los requerimientos. Al este se encontraba el bloque rojo, gobernado bajo el influjo soviético (Polonia, Yugoeslavia, Albania, Bulgaria, Checoeslovaquia, Rumanía y Hungría, además de las anexidades soviéticas).

Las tensiones fueron de tal nivel que las autoridades de la RDA, el 12 de agosto de 1961, decidieron construir más de 150 kilómetros de muro, con el objeto de dividir Berlín. Cruzar el muro sin autorización equivaldría a muerte o prisión. La ciudad y las familias quedaron divididos. Puestos de control militar impedían traspasar de un lado a otro y Alemania quedó separada por una pared que significaba más que hormigón.

Berlín recuerda la visita que hizo John F. Kennedy el 26 de junio de 1963 y en un balcón de un ayuntamiento, con el objeto de solidarizarse con los berlineses, dijo la frase que aún replica en la historia: “Ich bin ein Berliner” –Soy un berlinés—.

La Guerra Fría se extendió, la era soviética languidecía, Gorbachov comenzó en los 80 el proceso de apertura económica que luego tuvo ramificaciones políticas. En conmemoración del 750 aniversario de la fundación de Berlín, justo frente a la Puerta de Brandemburgo, del lado occidental porque el monumento había quedado del lado del este, Ronald Reagan, en un discurso emblemático, el 12 de junio de 1987, le decía al mandamás soviético: “Tear down this Wall” —Derribe este muro—.

La apertura del bloque rojo se hacía cada vez más urgente y en una conferencia de prensa las autoridades de la RDA, el 9 de noviembre de 1989, señalaron la flexibilización de los requisitos para visitar países fuera del bloque soviético y, en especial, de la otra Alemania. Esa misma tarde, miles de miles de personas se acercaron a los puestos de control para pasar al otro extremo. Los puestos policiales y militares no estaban enterados y no pudieron amainar el flujo. Por supuesto, no se animaron a disparar. Esa misma noche, miles de jóvenes y viejos derribaron el muro y comenzó el proceso de reunificación alemana.

Un muro que dividió a un país cumplió el pasado 9 de noviembre 30 años de haber caído, y Berlín se erige como una de las capitales más bellas, emblemáticas y gestoras de cambio de Europa.

A los 30 años de la caída del muro de Berlín, otro presidente de los Estados Unidos, pero este señalado por corrupto y populista desde el primer día de su mandato, pretende construir un muro para separar a su país del sur, justo a lo largo de la frontera mexicana.

Donald Trump no entiende que un presidente demócrata, como Kennedy, y uno republicano, como Reagan, coincidieron en lo estúpido de la construcción de muros para separar sistemas. La rueda de la historia no termina, y como bien señaló Carlos Marx hace ya unos añitos: “La historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa”.

Ojalá que desde un país tan pequeño como el nuestro podamos dar, en el futuro, porque con este gobierno es imposible, mensajes de unidad y de respeto, no de muros y separación.