De mis notas

Marina Prado Bolaños 1925-2021

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

Si las canciones, la música y las maestras llevasen nombres universales, sin duda destacaría entre ellas el nombre de la maestra de educación musical Marina Prado Bolaños, que el viernes pasado, a los casi 96 años, levantó el vuelo hacia la eternidad.

De larga genealogía artística: hija de Marta Bolaños de Prado, otro singular personaje del siglo pasado que, entre otras hazañas relacionadas con el arte, fue fundadora del Radio Teatro Infantil, que aún lleva su nombre y no ha dejado de transmitirse ininterrumpidamente por TGW, cada sábado a las 13.30 horas, desde hace 76 años. Marinita dirigió el Radioteatro por décadas, y luego le entregó la estafeta a su hija, Anabella Palma Prado, quien lo ha venido conduciendo con magistral dedicación y esmero desde hace más de 20 años.

La vida de Marina Prado Bolaños toca una fibra muy personal mía. Fue la suegra que hizo de cupido con su hija Patricia, con quien llevamos ya 52 años de casados. Sus últimos 15 años vivió con nosotros, y continuó dando sus clases de canto a destacados alumnos. Ayer, en Facebook, Gaby Moreno le dedica unas lindas palabras a su maestra Marinita, publicando uno de sus primeros videos, en donde aparece cantando acompañada de su maestra.

Pero los grandes méritos de Marina Prado Bolaños radican en haberle enseñado educación musical a miles de alumnas a lo largo de sus 30 años de carrera pedagógica en decenas de escuelas públicas y colegios privados. Por ello tiene su vida una trascendencia tan especial en la vida de tantas mujeres guatemaltecas de todos los estratos sociales.

Una vida se edifica desde los cimientos, y luego, ladrillo a ladrillo, hasta convertirla en una obra terminada. Si los ladrillos hablaran y el cemento que los une fuesen las notas de una composición musical, se diría que Marinita cerró el concierto de su vida con una intensidad fortissimo.

Durante el velorio, que más que velorio fue una celebración a la vida, cantamos en karaoke sus canciones favoritas. Y ahí yacía Marinita, cubierta entre bellos arreglos florales y coronas, oyendo de sus hijos, hijas, nietas y bisnietas los cánticos de sus memorias individuales. Eran esos ladrillos que formaron parte de su vida; toda una estructura de historias, recuerdos, ¡vivencias… vida!

Partimos al día siguiente al Cementerio General, un lugar en total decadencia y abandono, a buscar el mausoleo familiar. Gracias a que los lugares los hacen los que ven más allá de lo lúgubre y materializan sus espíritus decorando con flores, listones y música, se logró crear una islita de amor para despedir con alabanzas y cantos de júbilo, soltando cientos de globos blancos que se elevaron, empujados por los vientos con rapidez, hasta desaparecer en los cielos.

Una celebración a la vida para una persona que dejó huellas en muchos es digna de una partida tan bella. Hubo lágrimas, pero de amor. Hubo llanto, pero de agradecimiento. Hubo despedida, pero con júbilo y alegría. No hubo negro, sino colores de flores multicolores.

No hay luto, una costumbre “mortificante” derivada de la palabra, “mortis” (muerte), que, lamentablemente, aún priva entre esos laberintos difíciles de comprender de la tradición cultural de los llantos y colores negros.

Destacaron esas anécdotas que endulzan los recuerdos. Su tendencia de expresarle amor a su nietos y bisnietos con oraciones como: “¿Qué dice mi champurrada? ¿Cómo está mi canillita de leche? Venga para acá mi mango en dulce… Mi chile relleno, mi coliflor envuelta en huevo, mi canche mango, mi pato”…

Descansa en paz, Marina Prado Bolaños (1925-2021)