Aleph

Miedo, hasta la muerte

Carolina Escobar

Enterrar a nuestros muertos siempre ha sido un ritual necesario para que los vivos sanemos de otra manera. Ante la pandemia, muchos no solo pensamos en la enfermedad y sus posibles consecuencias, sino en la muerte y en la forma en que deberíamos enterrar a los nuestros o quisiéramos ser enterrados. Dejando de lado todo ego asociado a estas reflexiones (porque todo muerto, muerto está), quiero referirme, particularmente, a lo que diversos hechos relacionados con la muerte en este tiempo de crisis reflejan sobre nuestra sociedad.

“Los familiares de un hombre que murió por covid-19 en la aldea Chocolá, San Pablo Jocopilas, Suchitépequez, denunciaron que los vecinos no permitieron que fuera enterrado en el cementerio de la localidad, por lo que fue sepultado en un basurero. Esperanza Carrillo, hermana de la víctima, solicitó que se investigara esta medida que se ha tomado y tomarán medidas legales”. “Lamentamos mucho la forma en que está organizada la comunidad o la municipalidad, no estamos de acuerdo que lo dejen en el basurero, porque no se quién no permitió que lo dejáramos en el cementerio”, lamentó la afectada.” https://elperiodico.com.gt/nacion/2020/06/11/sepultan-a-hombre-que-
murio-por-covid-19-en-un-basurero-en-
san-pablo-jocopilas-suchitepequez/

“El presidente del Congreso (…) confirmó que un migrante deportado que dio negativo a la prueba de coronavirus fue enviado (…) a guardar cuarentena a su vivienda en Santa Catarina Palopó, Sololá. Sin embargo, la situación se tornó en caos.(…) Los medios locales informaron que la tensión aumentó en el lugar y algunos vecinos molestos fueron a buscar al alcalde para exigirle que no permitiera el ingreso de deportados. Los pobladores no permitieron que permaneciera en Santa Catarina Palopó. El migrante fue trasladado a la ciudad de Guatemala para guardar cuarentena”. https://www.soy502.com/articulo/pobladores-atacan-deportado-regreso-casa-solola-101025

“La noche del sábado 25 de abril, decenas de vecinos de la zona 3 de Totonicapán tomaron las instalaciones del Cementerio General luego de enterarse que la fosa que hizo una retroexcavadora en un área baldía era para sepultar el cadáver de una persona que falleció por coronavirus. “La fosa la abrieron al final de la zona 3 (…) Todos los vecinos tienen niños y es un camino transitado. Sabemos que vienen a enterrar a una señora de Chipuac. Los de Chipuac tienen su cementerio (…)”, manifestó un vecino”. https://www.prensalibre.com/ciudades/totonicapan/por-temor-al-coronavirus-vecinos-de-totonicapan-impiden-entierro-de-mujer-que-fallecio-por-covid-19/

En otro sentido, en Sacapulas, las personas siguen haciendo grandes entierros colectivos porque así es la costumbre y las autoridades indígenas no logran convencer a las autoridades locales de que intervengan. Habrá que profundizar mucho más para entender por qué la costumbre pudo más aquí que el miedo a la muerte.

La pandemia vino a tomarle una foto en blanco y negro a la sociedad guatemalteca. Una de las cosas más reveladoras es lo que hacemos ante la muerte. A las disposiciones gubernamentales hemos sumado nuestros miedos, nuestros silencios, nuestras costumbres y nuestras vergüenzas, según. En un marco más urbano que los que arriba se describen, hay familias capitalinas o de otros departamentos que ni siquiera se han atrevido a decir que sus familiares están contagiados o han muerto por el coronavirus. El silencio, la vergüenza y el “qué dirán” reflejan, en el fondo, el miedo a otra muerte: la social. En Quetzaltenango, la gente no quiere usar sus terrenos de La Loma para “otros muertos”, para que no se les asocie en el futuro al covid. A pesar de que, precisamente en La Loma, hace 75 años fueron enterradas víctimas de tosferina, principalmente niñas y niños. Ni muertos queremos mezclarnos. Y en el fondo de todo, están nuestros comunes miedos a la muerte, al otro, a lo desconocido. Los mismos que nos han acompañado en esta Guatemala de pensamiento mágico, clasista y racista.