Con nombre propio

Migración: derecho, negocio y delito

Alejandro Balsells Conde @Alex_balsells

El migrante ejerce su derecho. El problema es cuando esa migración no cumple con los requisitos legales del país que acoge a la persona, pero un migrante no es un criminal. Guatemala recibió migraciones belgas, alemanas e italianas en el siglo 19 y principios del siglo 20. También la guerra civil española obligó a miles a salir de la península, siendo México y Argentina dos grandes receptores, y nuestro país, además, con toda la oposición de Ubico, porque en su mayoría los migrantes eran republicanos, recibió víctimas de la guerra.

La migración de guatemaltecos al sur de México durante nuestro enfrentamiento armado fue masiva; de hecho, el trabajo social y antropológico con los desplazados y retornados le costó a Myrna Mack su vida, porque para el Ejército todo ese esfuerzo era sinónimo de insurgencia.

Nuestras migraciones internas son enormes. El corte de café y caña de azúcar moviliza a miles de connacionales de unas regiones a otras, por esto las elecciones dejaron de hacerse en noviembre. A la vez hay migraciones para estas mismas actividades a México, Honduras y El Salvador.

Guatemala es un país de migrantes. Es rarísima la familia que no tenga un familiar fuera, especialmente en los Estados Unidos; sin embargo, nuestro sistema legal no mueve un dedo para reconocer esta situación, un ejemplo del anquilosamiento normativo es el notariado. Por otra parte, ni se diga el calvario que significa la muerte de un migrante cuando tiene bienes en el país, o bien el simple registro de una firma en una cuenta bancaria de quien está fuera.

Nuestros problemas son eternos, y año con año vivimos catarsis estacionales, las cuales dependen del tema de moda: justicia, elecciones, ambiente, agua, tránsito, servicios públicos o lo que sea; la ley en nuestro país es solo sugerencia y los mandatos constitucionales, para quienes tienen poder, son solo frases. Una evidente causa de la migración es el desorden y la ausencia de vínculo hacia el derecho; una tierra sin oportunidades expulsa. Además, no hay programas sociales, basta recordar que la seguridad social y la educación universitaria gratuita se rigen por concepciones revolucionarias de 1944. Así es difícil enfrentar el siglo 21.

La migración también es un gran negocio. El consumo en el país se basa en la plata que los migrantes remiten y los bancos son grandes corporaciones que han hecho muchísimo dinero con el envío de remesas y el arbitrario tipo de cambio que asumen. Si a esto le agregamos el consumo en general, nuestro intercambio comercial se nutre, en buena medida, del dinero de quienes partieron legal o ilegalmente, aunque sus causas sean producto de groseras exclusiones, y es acá donde el crimen organizado gana del ambiente. El contrabando en Quiché, San Marcos, Huehuetenango, Petén y Quetzaltenango dejó de tener recato, y en este contexto surgen grandes estructuras de tráfico de personas, de venta ilegal de maderas preciosas, de especies animales en peligro de extinción o droga como parte de un ambiente donde muchos están solo de paso.

Un país cuyo mayor anhelo social sea irse al norte no puede aspirar al desarrollo, pero que no existe desarrollo jamás es sinónimo de que algunos grupos de poder dejen de tener dinero, poder e influencia. Mientras la migración discriminada en el país siga como está, el crimen organizado, que en buena medida alimenta las destrucciones institucionales, seguirá vigente.

Es fácil decir que ante la ausencia de oportunidades cualquiera busca nuevas oportunidades. El problema es cuando esa situación es dolosa porque así se conserva el poder y el dinero. El crimen crece en el país de forma exponencial y de allí que lo único seguro es que la migración seguirá en igual o más ritmo.