Punto de encuentro

Migrantes: frente al estigma y la discriminación, solidaridad

Marielos Monzón @MarielosMonzon

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Vulnerables entre los vulnerables, miles de migrantes centroamericanos enfrentan hoy, en el medio de la pandemia del Covid-19, mayores peligros y violaciones a sus derechos fundamentales.

A la situación de miseria, violencia y abandono que vivían en sus países de origen, a los riesgos durante la travesía, y al endurecimiento de las políticas migratorias de corte racista y xenófobo de la administración Trump, que les considera “delincuentes” y que como tales les trata, se suma ahora la indefensión que supone para ellos y ellas esta pandemia.

No solamente porque sufren un abandono absoluto en términos de salud y preservación de su vida, sino porque se enfrentan a una doble estigmatización que les encasilla automáticamente como “portadores del virus”.

Esa condición fabricada desde el interés político de un deleznable personaje como Donald Trump —que busca desesperadamente crear “culpables” para desligarse de su enorme negligencia en la gestión de esta emergencia sanitaria que ha llevado a que los muertos y contagiados en Estados Unidos se cuenten por miles— sumada a la irresponsabilidad de muchos medios de comunicación estadounidenses, que le sirven como caja de resonancia, ha generado una cacería de brujas contra la población migrante.

Las redadas se han multiplicado en medio de la pandemia y el terror que mucha gente siente por un posible contagio ha favorecido la delación de cientos de familias indocumentadas en territorio norteamericano, que han sido capturadas y encerradas junto a miles de migrantes que estaban en la frontera. Las condiciones de confinamiento se han agravado y el hacinamiento provocará que la curva de contaminación aumente vertiginosamente.

Los llamados urgentes que han realizado las organizaciones que velan por los derechos de la población migrante, varios legisladores y senadores norteamericanos y la propia ONU para que se “libere sin demora” a las personas refugiadas y migrantes que están detenidas sin bases legales suficientes “considerando las letales consecuencias que un brote de Covid-19 tendría por las condiciones de hacinamiento e insalubridad en que se encuentran”, han caído en saco roto. También las exigencias para que se les preste atención médica urgente.

Por el contrario, se les niega asistencia y se insiste en las deportaciones masivas que suponen para países como el nuestro un agravamiento de esta crisis. Muy bien decían los obispos guatemaltecos en su reciente comunicado que nos enfrentamos a un grado inaudito de deshumanización.

Pero lo más terrible de todo, es que ese odio se está trasladando a nuestro país y hemos empezado a ver cómo a estos paisanos —tan chapines como nosotros— les estamos cobrando su condición de migrantes-deportados. Y entonces resulta que allá no los quieren porque son “delincuentes” que les roban el trabajo y con las remesas que envían “sustraen la riqueza” gringa. Y ahora, aquí, tampoco los queremos porque vienen enfermos y son foco de contagio.

De la noche a la mañana, pasaron de héroes a villanos a los que hay que señalar y perseguir. De un día para otro, se olvidó que con su esfuerzo sostienen la economía guatemalteca: su aporte al PBI nacional alcanzó en el 2019 el 13.8%, unos 10.5 millardos de dólares, según en Banguat. Y por si fuera poco, la población migrante también es uno de los motores de la economía estadounidense, le pese a quien le pese.

Hoy con estupor e indignación observamos cómo algunos medios guatemaltecos —afortunadamente los menos— les estigmatizan e incitan a la violencia en su contra, valiéndose del miedo y la incertidumbre que esta pandemia provoca. Son tiempos difíciles, ciertamente. Pero de esto no se sale con discriminación y odio, sino con empatía y solidaridad.