Sin fronteras

Monumento migrante: ideas y reacciones

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A principios de este mes escribí un artículo que propone la idea de un monumento nacional erguido en honor de la familia migrante. Tal reconocimiento va mucho más allá de que a sus sacrificios y logros económicos. Pero en esa ocasión la idea sí fue publicada como respuesta a su extraordinario aporte económico durante la actual crisis mundial. Y en especial, por la marca histórica que provocó que, por primera vez, en julio pasado viéramos un mes calendario en el que las remesas desde Estados Unidos —principalmente— alcanzaran y superaran el millardo de dólares. A la propuesta de hacer un monumento me llegaron algunas reacciones que me parecieron muy interesantes, y por eso decido compartirlas en estas líneas.

Especial respuesta recibí por haber compartido que en cada pueblo q’anjob’al del norte huehueteco hay un monumento al migrante. Esa es una zona fascinante de Guatemala. Sinceramente, pareciera que uno llega a otra nación. Nombro aquí solo dos, pero esos municipios de q’anjob’ales y sus derivados son ocho. Soloma es una capital económica de la región, y Santa Eulalia, un centro de espiritualidad y conocimiento. Los otros seis son profundos, profundos al extremo. Quisiera llevar en la imaginación a esos lugares. Montarnos sobre la gran cordillera, donde un hilo de dos angostos carriles nos conduce —a veces sobre asfalto, y a veces terracería—, pero siempre al borde de un precipicio, de un municipio a otro. Caminos pequeños entre un verde gigante. Al entrar a los cascos municipales (creo que no hay en todos), vemos un reconocimiento al migrante que se fue. Es la única simbología visual común de la región. Todas las estatuas son similares. De tamaño real, es la imagen en concreto de un joven viajero que, mochila a la espalda y tambo de agua en mano, se va a otro lado. Importante observación: es la imagen del migrante de inicios de siglo: el joven, el hombre, en solitario. Quise compartir aquí alguna fotografía en internet, pero no la encontré. Dice eso bastante sobre lo remoto y profundo de esta nación paralela.

También recibí comentarios sobre qué tipo de imagen hacer. Dos me parecieron extremadamente interesantes. Ambas, para erguir no en la capital, como fue sugerido en el artículo, sino en la frontera con México. La primera, la de un grupo familiar. Una que simboliza el gran éxodo de la década presente. Un hilo humano. De tres, o de cuatro. Papá y mamá. Un hijo de la mano, el otro en brazos. A veces imaginamos a la figura paterna conduciendo con fuerza, pero otras, la fuerza viene de la determinación muchas veces materna. Una que sabe a dónde ir. Dejar la tierra es siempre una emocional disyuntiva. El que va adelante le extiende la mano al que se quedó atrás. Unos de rodillas y otros de pie. La migración es siempre una imagen de movimiento. Una segunda idea, mucho más contestataria, es la de un migrante a punto de cruzar la frontera. Dolido, pero decidido, voltea a ver al país que todo se lo negó. Sin que nadie le ponga coco, voltea a ver y, en insulto, nos saca el dedo. No se ofendan. Igual, nadie le pone coco.

Hay que ir pensando en un lugar y una imagen para reconocer a la familia migrante guatemalteca. El artículo hablaba de erguir monumento a la familia migrante en la ciudad de Guatemala. En el centro político y económico del país. Recibí comentarios críticos por haber propuesto colocar el monumento en sustitución de los toros de La Reforma. La identidad histórica es esencial, y alterar la señorial avenida de don José María Reina Barrios para muchos fue impensable, como impensable también les es alterar las estructuras que provocan que, a muchos, para vivir dignamente, no les queda otra alternativa más que irse a la jodida. ¿Saben qué? A veces siento que nos merecemos esa sacada de madre.