A contraluz

Muchas gracias, padre Verzeletti

Haroldo Shetemul @hshetemul

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Durante 23 años, el padre Mauro Verzeletti se ha constituido en un claro defensor de los migrantes en Guatemala. Como director de la Casa del Migrante ha dado cobijo y alimento a miles de personas cuyo único delito ha sido buscar un mejor futuro para su familia. Ha sido el referente no solo para dar apoyo a quienes llegan de otros países con las manos vacías en busca de alcanzar el sueño americano, sino como alguien que conoce a fondo la razón por la cual se produce este éxodo. Así también ha sido un crítico de las políticas violatorias de los derechos humanos de EE. UU., México, El Salvador, Honduras y Guatemala contra las personas que huyen de la miseria y la violencia. El próximo 29 de diciembre, el padre Verzeletti abandonará el país, donde ha dejado su corazón, y retornará a su patria, Brasil. Con esta columna quiero agradecerle por su humanidad, por su compromiso con los desposeídos y por su bondad que ha prodigado sin esperar ninguna recompensa.

En octubre del 2018 arribó a Guatemala la primera caravana de unos dos mil hondureños que buscaban llegar caminando hasta EE. UU. Se escuchó el discurso xenófobo y racista de Donald Trump que amenazaba con cortar la asistencia a los que llamaba shithole countries si no detenían esa marea humana. Mientras los gobernantes de Guatemala y México se humillaban ante el sátrapa estadounidense y veían a los migrantes como apestados, el padre Verzeletti les daba cobijo, alimento y palabras de aliento. Era más fácil ladrarles a los migrantes y reprimirlos como hizo en varias ocasiones Jimmy Morales, que envió a las fuerzas de seguridad a golpearlos y lanzarles bombas lacrimógenas, que brindarles una sopa caliente. Esa es la diferencia entre quienes se deshumanizan cuando detentan el poder y quienes con la humildad y sencillez de su pastoral viven y sufren junto con los migrantes. Así ha sido el padre Verzeletti, que igual atiende a migrantes guatemaltecos, hondureños, salvadoreños o de cualquier país, porque conoce sus aflicciones.

La mayor parte de personas no migra porque le da la gana, sino porque no encuentra techo ni pan para su familia. Han sido las políticas egoístas de regímenes como el guatemalteco las que, en lugar de proporcionar salud, educación, vivienda y vías de comunicación, se han dedicado a la corruptela. El padre Verzeletti conoce muy bien esa historia y por eso no tuvo pelos en la lengua para afirmar que el presidente Jimmy Morales se dedicó a conspirar con el Congreso para articular el “eje fundamental del pacto de corruptos sin pensar en el pueblo”. Cuando Alejandro Giammattei ganó la presidencia, el sacerdote scalabriniano dijo que no esperaba mayor cosa de este como gobernante porque “conocía su trayectoria sin políticas claras para el país”, además de “representar a la extrema derecha y estar al servicio del capital nacional y transnacional, que no está interesado en mejorar las condiciones de vida de la población”. El tiempo le ha dado la razón.

Ahora el presidente Giammattei y la cúpula del sector privado se ufanan de que la economía nacional crecerá 7.5 por ciento, pero ese logro no se traduce en mejores condiciones de vida para los guatemaltecos de a pie. Esa riqueza se queda en pocas manos, en un país donde la desnutrición agobia a la mitad de los niños menores de 5 años. La voracidad de las autoridades y los grandes empresarios es la que también provoca el éxodo imparable hacia EE. UU. Buena parte de ese crecimiento económico se debe a las remesas que envían los migrantes desde el Norte. Ese dinero sí lo celebran, pero desprecian a quienes intentan alcanzar ese sueño americano. Solo personas humildes como el padre Verzeletti abren su corazón ante el sufrimiento de la gente pobre y les prodigan amor y alimento. Por eso quiero agradecerle infinitamente por su bondad y decirle que lo vamos a extrañar.