Sin fronteras

Nunca ausente, calamidad permanente

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No hacía falta decretar el estado. La calamidad —definida por el diccionario como una desgracia, un infortunio que alcanza a muchas personas— es perenne, en este pedazo de tierra tomado por una sarta interminable de auténticos glotones irresponsables. Glotones de poder; cerdos por el dinero. Insaciables. Notorios desequilibrados emocionales a quienes, aparentemente, el sosiego fugaz con que engañan las banalidades de este mundo, les basta, les sobra, para sus existencias. Ese sosiego lo hacen su refugio, su templo y fortaleza. Poseídos por aporofobia —el odio hacia el pobre y el desfavorecido— lo usan para hacer el mal, para esparcir el mal, para condenar —con mal— a un pueblo moldeado para eso. No es que fallen en cumplir, es que disfrutan el sufrimiento ajeno.

El pueblo que soporta dos años de pandemia desatendida; cuatro años de timos repitentes; década tras década de las falsas democracias; dos siglos de maldición, de muertes, desesperanza, desgracias e infortunios que no requieren ley alguna para decretar lo evidente: La calamidad es el estado permanente en Guatemala. Ellos lo saben, y nosotros también. Todos nos vemos. Los propios, divididos entre la pena consciente y el cinismo irresponsable. Y los extraños también nos ven. Nos voltean con la misma lástima con que se le ve al sucio; al desordenado, al poco diligente, al último de la fila. Las señales de rechazo hacia nuestra tierra, no se hacen esperar.

Hay sucesos que podrían despertar sana indignación colectiva. Pero aquí, como que cuesta y el descontento toma —en muchos— una dirección equivocada. Lo de Laporta, el del club de fútbol, Barcelona, con la brutalidad de su referencia, tan tosca como francamente cierta. “De Guate-mala a Guate-peor”, lo dijo en público e internacional escenario. ¿A qué se refirió este célebre personaje, y por qué todos entendieron? “Lo que se ve no se pregunta” respondió alguna vez el cantante Juan Gabriel, y lo mismo aplicaría a este triste caso. Es que lo muy evidente, no demanda ulterior explicación.

Días después, otro guacalazo. En un afamado programa argentino, alguien se refiere con desprecio a unos tatuajes. Lo que le viene a mente —para insultar— es que parecen de “pandillero guatemalteco”. Claro, no solo en nuestro país los pandilleros usan tatuajes; pero lo relevante es que Guatemala está en “top-of-mind” a la hora de lo criminal o negativo. La máxima ridiculez la vimos en reacciones como las del Instituto de Recreación de los Trabajadores (Irtra) y penosamente la de la embajadora de Guatemala en Madrid, quienes respondieron al incidente español, luciendo pequeñez provincial. Se niegan los momentos de reflexión colectiva. Cierran los ojos, impidiendo las catarsis necesarias. ¿A quién le gusta ser referencia de lo negativo y criminal? A nadie. Dejemos, entonces, de serlo.

El pueblo sufre latigazos de la enfermedad sumados al desasosiego de la orfandad, por una absoluta falta de liderazgo. Con razón, los pueblos protestan. Con descaro, los poderes responden, silenciando, apaciguando y reprochando. La calamidad y el infortunio son generalizados. Emergen postales desde el Parque de la Industria, bodega de muerte para los por siempre desfavorecidos. El papá de alguien, tirado en el piso. La hermana de alguien, acostada en sillas de plástico. Dos hermanos se abrazan desconsolados afuera del desabastecido hospital. Su padre acaba de morir. En el fondo, en una manta, escrito: “Giammattei ladrón”. El presidente no responde. Millones de sueños truncados. Cientos de miles infectados. 11 mil muertes reconocidas. Un exceso de mortalidad que supera los 25 mil (LaboratorioDeDatosGT).

De una calamidad así, que se agrava y agrava, solo se sale con liderazgo. ¿Por qué continua este gobierno, si nadie cree en él? ¿Si ni siquiera a él le interesa merecer el liderazgo?