Aleph

Obreros alfabetizados y guardias mal pagados

Carolina Escobar

La educación lo cambia todo. Un país con gente bien tratada, bien alimentada y educada puede llegar a ser muchas cosas, sobre todo un país. Pero, al día de hoy, uno de cada dos niños y niñas menores de 5 años en Guatemala están crónicamente desnutridos, cifra que aumentó en 2019, lo cual quiere decir que seguimos incubando generaciones de obreros alfabetizados, de cuerpos para la esclavitud y de guardias mal pagados.

Sin los nutrientes requeridos, el cerebro no se desarrolla adecuadamente y, por lo tanto, las dificultades para el aprendizaje son innumerables. Este ha sido el destino transgeneracional de miles de familias en Guatemala; de los tatarabuelos a los tataranietos, lo más que se logra es que estos últimos vayan a la escuela primaria para aprender a leer y escribir, con el fin de buscar lo más pronto posible un trabajo mal pagado. A esto se suma un sistema educativo fallido, que en cobertura y calidad tiene uno de los peores indicadores del mundo y que se ha traducido durante las últimas décadas en un Ministerio de Educación “de primaria”, donde aprenden a leer y escribir, olvidándose de la importantísima primera infancia, que define habilidades y destrezas de pensamiento y motricidad que en ninguna otra etapa se forman, y desatendiendo una educación secundaria que favorece las competencias para la transición a la vida adulta. Todo esto, en un contexto donde aproximadamente un millón de jóvenes dentro del rango de 13 a 18 años no están en el sistema educativo, cifra a la que se suma otra más o menos igual de jóvenes entre 18 y 24 años que no estudiaron. Eso suma dos millones de jóvenes que quedaron fuera del sistema educativo. Los expertos dicen que, de seguir así, en una década tendremos unos 3.5 millones sin cobertura educativa.

¿Por qué los distintos grupos de poder político, social y económico en Guatemala le tienen miedo a educar a la niñez y adolescencia? Quieren solo educación para el trabajo en lugar de educación integral para la vida. No quieren ciudadanía pensante ni conciencias despiertas, no quieren gente libre, aunque su discurso sea el de la libertad. El último ejemplo de esto fue el cambio que propuso el gobierno anterior al Currículo Nacional Base que, afortunadamente, quedó sin validez por disposición de las nuevas autoridades. En un país donde jamás hemos tenido cursos de historia en nivel educativo alguno pretendían quitar también Estudios Sociales, el único que medio permitía saber algo más sobre nuestro territorio, sus fronteras y mutilaciones, sobre los actores y las versiones de la historia oficial y no oficial, y mucho más. Conocer nuestro territorio como la palma de la mano, su geografía, historia y nuestra sociedad puede hacernos sentir más identificados con Guatemala.

Por otra parte, se ha insistido en quitar la educación musical. Sabemos que la música contribuye al desarrollo de las multi-inteligencias, como la matemática (en la que Guatemala ocupa vergonzosos ultimísimos lugares), la lingüística, la espacial, la intra e interpersonal, la social y, por supuesto, la musical. También estimula los dos hemisferios cerebrales, promueve el desarrollo neuronal y las habilidades motoras. Además promueve el trabajo en equipo, la disciplina, la creatividad, la libre expresión, la alegría y el sentido de pertenencia e identidad a determinada cultura. La música es catarsis y bienestar humano, pero tiene que ver hasta con la lectoescritura (otro de los rezagos enormes de nuestro “país”), al orientar el movimiento rítmico óculo-manual. Al favorecer el conocimiento de un nuevo lenguaje simbólico, la música abre mentes hacia otra forma de interpretar el mundo, y puede llegar a favorecer un trabajo digno, impulsando así la economía naranja. Con la música se dan terapias y se congregan comunidades humanas, pero en Guatemala quieren quitarla de las aulas. Hmmmm.

Son un poco raros estos políticos contemporáneos obsesionados con las nuevas tecnologías, las nuevas guerras, nuevas modas y las nuevas economías, pero tan anclados en el rechazo al cambio profundo que puede lograrse a través de la educación.