Sin fronteras

Organización maya en Florida y COVID

Pedro Pablo Solares@pepsol

Cuando su mamá llamó a Rosa hace dos semanas para pedirle aún más dinero para “la lista”, Rosa pensó: “esto ya es insostenible”. Era la tercera llamada en menos de 3 meses. Su familia, como muchas otras, pertenece a una enraizada generación de mayas que hicieron de Florida un hogar desde los años 80. Los pueblos mayas que viven en distintas ciudades del sur de ese Estado, al llegar, solitarios, construyeron recursos propios con sus pares, que en ese entonces eran escasos, para sobrevivir la cotidianeidad en territorio extraño. Que el “raite” —como lo pronuncian— para la palabra que en inglés significa “jalón”. Que un saldo de teléfono para llamar a Guatemala. Que tantas cosas que se hacen necesarias. Las prácticas, sí, pero también esos elementos de relacionamiento más humano. Importante entre esos recursos orgánicamente construidos son las “listas” de apoyo, que sirven para cubrir una eventualidad que usualmente es fatal: una muerte, una fuerte enfermedad. Una forma de seguro colectivo que –hasta ahora— fue cumplidora y efectiva. Si un miembro de la lista muere, el resto paga a los deudos una cuota. El que no paga no tendrá muchas llamadas de cobro. Si no da explicación razonable, se le saca de la lista. Simple, efectivo.

Dependiendo del grupo, se paga diferente monto. En unos, $35; en otros hasta setenta y cinco. Pero nunca una cantidad que significara un problema. Especialmente, porque hasta antes de COVID-19, las eventualidades no fueron tan frecuentes. “Hay grupos donde pasaron dos años sin que nadie falleciera”, me comenta Rosa. Eso, a pesar de que en las listas puede haber hasta 500 miembros apuntados o más. Sin embargo, a partir de la enfermedad, las cosas se están saliendo de control. Cuando su mamá llamó a Rosa por segunda vez, era apenas el mes de mayo. Otra vez, había que reunir casi $200, porque 3 paisanos más habían muerto. Con los de abril, ya eran 6 cuotas a pagar. Y ahora, con los de esta última llamada, ya son 10 guatemaltecos –solo de las listas cercanas a esta familia- que fallecen en Florida desde abril. Los comités que los administran están teniendo que cambiar mecánicas. “Ahora ya no están poniendo fecha límite, pero la presión está”, le dijo la mamá. Desde afuera, se aprecia una preocupación que trasciende la presión que de momento sufren las familias. Es la sostenibilidad de un recurso orgánico que ha crecido con el tiempo la que está bajo amenaza. ¿Y si mueren 30? ¿O 50? O …

Florida es relevante para el estudio de la migración guatemalteca, y ahora, en el contexto de la pandemia. Cancillería informa que 145 mil compatriotas viven en el Estado. Pero esa es una población que ya tiene raíz. Hay jóvenes nacidos en EE. UU. que ya dan a luz a sus propios hijos; una 2ª. generación. Además, un lugar que atrae a nuevos migrantes. El Estado está especialmente afectado por COVID-19, pues la actitud de relajamiento lo ha convertido en un foco rojo, que ya alcanzó el medio millón de enfermos, y que en julio arrojó cifras de 15 mil contagios diarios. Los muertos, casi 7 mil. Un desastre numérico acompañado de una visión que insiste en no cerrar puertas.

En la ausencia de inclusión, los mayas en Florida desarrollaron sus formas de seguro funcionales. COVID-19 amenaza a “las listas” que han servido a propósitos económicos, pero que también son fuertes expresiones de pertenencia comunitaria. Con sus trabajos inseguros y sus formas de habitación saturada, los mayas en Florida están altamente expuestos al contagio. La respuesta estatal no llega a una población que encontró recursos orgánicos para funcionar. Y que hoy, mientras la escalada crece en Florida, observa con preocupación cómo una de sus formas más propias de protección está siendo amenazada. Una llamada más por parte de mamá, y quién sabe. Quizás Rosa ya no tenga para pagar.