Con nombre propio

Palabras de dolor y fe

Alejandro Balsells Conde @Alex_balsells

Hace unos años recibí la llamada del amigo Philippe para invitarme a participar una tarde-noche, en un panel junto a Carol Zardetto, sobre Tres libros que todo abogado debe leer. Tocaríamos el tema después de que tres médicos cumplieran con Tres libros que todo médico debe leer. Al llegar a Sophos mi sorpresa fue enorme al encontrarme con que uno de los médicos era Joaquín Barnoya Pérez.

Con Joaquín y sus hermanas Margarita e Inés nos conocemos desde el nacimiento. Mi papá y el gran Chepe o Sordo Barnoya fueron amigos desde niños. De hecho, cuando mi padre, al ser confinado en bartolina por la mal llamada Liberación, tuvo la ocurrencia de citar como testigo a José Barnoya, quien en plena indagatoria frente a un oficial “judicial” vestido de soldado, quien le impostaba por tercera vez “necesito saber desde cuándo y en qué lugar conoció al procesado”, con su chispa respondió: “Lo conocí en una piñata”, y de mal modo se hizo constar en acta.

Joaquín aprendió de su papá y con Margarita que las enfermedades deben curarse, pero sobre todo, prevenirse. Un buen sistema de salud no es aquel con grandes hospitales, sino el que realiza esfuerzos concretos para vacunar, nutrir, informar y cuidar.

Llevaba mis libros bajo el brazo y otra sorpresa fue escuchar que Joaquín recomendaba, como yo lo haría minutos después, El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince. El amigo relató cómo se abordaba con un gran telón de fondo el asesinato de Héctor Abad Gómez, médico salubrista acribillado en Medellín por paramilitares y quien participó de forma activa, tanto en Colombia como en el extranjero, en esfuerzos por hacer eficientes los programas de salud pública, pero sobre todo pincelaba que el libro aborda la vida y la muerte desde una perspectiva muy humana.

Intenté complementar lo relatado por Joaquín pero desde la óptica de abogado, porque su lectura permite humanizar ese complejo entramado de conceptos y normas con que lidiamos a diario. Además se enseña lo bello de la vida en familia, el dolor ante la pérdida de una hija y hermana para luego desembocar en la rabia e impotencia ante el asesinato político del padre y esposo. Se resalta, en muchos momentos, la fuerza de la familia y los amigos como remedios ante el dolor y la angustia.

La vida es este momento, porque es lo único seguro que tenemos, por ello van estas líneas para recordar a la bella Chita de Barnoya, esposa de Chepe, quien se nos adelantó el domingo tras librar una durísima batalla por su salud, pero sobre todo, quien regaló amor, solidaridad y consejo por donde pasó y a quien le encantó la obra de don Héctor Abad Faciolince.

El libro debe su nombre a un soneto de Borges y su lectura constituye una luz de humanidad. El duelo es quizás el sentimiento más íntimo que tenemos, nadie puede comprender un dolor tan personal y tan propio; sin embargo, por instinto natural, ante esos momentos siempre un abrazo es con lo único con que se puede intentar aliviar la aflicción y con el paso del tiempo ese abrazo se recuerda y agradece.

Chepe Barnoya es el más grande huelguero que ha parido la Usac y es un verdadero estudiante eterno. Además ejerció la medicina con amor y pericia. Hoy este gran hombre perdió a su gran alera y cosecha testimonios de amor y solidaridad.

Escribir estas líneas es más que catarsis, es tal vez un intento por hacer más humanas las compilaciones de malas noticias recibidas hoy. Un mundo con más gente como Chita haría todo más sencillo, porque el amor simplifica lo complejo.