Cable a tierra

Para Juan Luis

Karin Slowing karin.slowing@gmail.com

Hay personas que dejan una impronta en la vida de mucha gente y esta pervive más allá de su partida. Juan Luis Molina Loza fue una de esas personas. Él fue uno de los más de 45 mil desaparecidos durante la guerra que asoló Guatemala. Todavía no se sabe dónde dejaron su cuerpo. Era 1971, el gobierno de Carlos Arana Osorio. La madre de Juan Luis, Juanita Loza de Molina, fue una de las primeras mujeres que se plantó públicamente en el entonces Parque Central, para exigir a ese gobierno que le devolviera a su hijo. Las fotos de la época atestiguan la valentía de esta mujer para enfrentar sola al horror, armada solo con su dolor de madre. La reacción del régimen fue apresarla y llevársela al hospital neuropsiquiátrico argumentando que seguro estaba loca. No lo estaba. De allí la sacó su esposo. Ambos murieron antes de saber qué fue de su hijo. Su historia es, tristemente, la historia de muchas familias guatemaltecas que, a 23 años de la firma de la paz, todavía no han podido dar digna sepultura a sus muertos de la guerra.

A Juan Luis no lo conocí en persona; yo era muy niña cuando todo ese horror sucedió, pero conocí a su madre, a sus hermanos, a su única hija y a los nietos que él y Thelma, su esposa, también asesinada durante la guerra, nunca pudieron abrazar. De talla enorme y físico corpulento, Juan Luis destacaba sobre todo por su carisma e intelecto. A los 23 años ya era psicólogo; siendo un mártir universitario, por años, el aula magna de la escuela de Psicología de la Usac llevó su nombre, hasta que se trasladó al Centro Universitario Metropolitano (CUM). Tristemente, las nuevas generaciones de autoridades de la escuela de Psicología parecen haberlo olvidado.

Estudiaba filosofía en la Usac cuando lo secuestraron. No le dieron mucho tiempo de vida para dejar un gran acervo escrito, pero sus columnas en El Imparcial mostraban lo que es que alguien dé valor al conocimiento, a la ciencia y al pensamiento propio. Tal vez por eso era incómodo en esta Guatemala que aún ahora martiriza y hostiga a la gente que bien podría sacarla adelante.

Como buen sancarlista, Juan Luis también fue un prominente huelguero. De una época cuando la Huelga de Dolores era algo más sustancioso que ahora; de cuando la sátira ingeniosa, la mofa ilustrada y el talento para redactar eran los recursos predominantes que empleaban los estudiantes para denunciar tanta injusticia. Con las lecturas de boletines se entonaba el ambiente previo al desfile bufo de cada Viernes de Dolores. Las icónicas personificaciones del Ché y, luego, del Tío Sam que hiciera Juan Luis forman parte indeleble de esta insigne tradición universitaria, que hoy está urgida de profunda renovación.

Este año, durante la velada huelguera, el comité del rey feato rindió un homenaje póstumo a Juan Luis Molina Loza: el mártir universitario, el intelectual, el huelguero de corazón que solo quiso dar lo mejor de sí para su país. La corona del rey feo lleva su nombre, y, año con año, quien la gana debería estar consciente de la enorme responsabilidad de dignificar el legado con que ha sido honrado.

Este homenaje póstumo fue también una oportunidad para enseñar a las nuevas generaciones de universitarios cuáles son los orígenes de la Huelga, sus protagonistas y los momentos más culminantes de esta centenaria tradición, y por qué merece ser rescatada de la patanería, el acoso y las borracheras con las que ahora se le asocia. Rescatar la Huelga de Dolores es también rescatar un poco a la Usac de las manos pérfidas en las que cayó en la posguerra, responsables del deterioro de la educación superior pública, de la corrupción que la drena y, ahora, hasta de mercar con su patrimonio.