Registro akásico

Prematura inmolación del populismo

Antonio Mosquera Aguilar http://registroakasico.wordpress.com

Alan García, el expresidente peruano, en la entrevista previa a su suicidio ofrece de viva voz los argumentos expuestos en su carta final, a sus familiares. Las razones están basadas en la denuncia de una actuación deleznable por parte de los detentadores del poder. Justifica su decisión para negarse a sufrir vejámenes, mientras afirma poseer una actuación limpia y meritoria en las responsabilidades de la gestión pública.
Pavel Centeno, el exministro de Economía, tenía semejante posición. Ante el ataque de esbirros, no se le ocurrió otra cosa, sino defender con armas a su casa, su familia y su privacidad. Después ocurrió la tragedia, tapada, tergiversada y escondida por quienes se solazan en grabar en video, la revisión corporal policial o la comparecencia con esposas en la espalda, frente a jueces ignorantes de la dignidad de su tribunal.

Estos dramas contienen una proyección política donde se valora: ¿Qué cambió con la muerte? Varios comentaristas han llamado la atención sobre el significado simbólico del final de una posición política. Se refieren a las dificultades para concretar al nacionalismo revolucionario, la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), fundada en 1924 por Víctor Raúl Haya de la Torre, en Perú, es la más significativa.

En el marco del abanico político del siglo XX se impulsaban medidas de carácter socialista sin basarse en una perspectiva clasista. Generalizar la educación pública, apoyar a los servicios de salud pública, garantizar el trabajo, ofrecer facilidades para la vivienda y un apoyo estatal a la cultura dio lugar a la calificación de populistas por los derechistas.
El término había sido prestado de las corrientes revolucionarias rusas, donde se distinguía matices en la alianza obrero campesina. En el caso latinoamericano, los derechistas trataban de vilipendiar a un Estado proveedor de servicios frente a los privatizadores. Se oscurecía el apoyo a la llamada burguesía nacionalista, o sea los empresarios nacionales en competencia con las empresas monopólicas de las potencias industrializadas. En la sociedad actual ha desaparecido esa oposición. La producción moderna tiene características diferentes a las del pasado.

No obstante, tal vez sea prematuro ese réquiem. El caso mexicano ilustra la fortaleza de esta ideología, con clara independencia del socialismo a la soviética. En México, tanto el PRI como el nuevo partido de gobierno, Morena, continúan con los enunciados generales reformistas. Los gobiernos peronistas, en Argentina, son parte de esa corriente. De la misma manera ocurre en Ecuador. En Venezuela, Acción Democrática es el partido más coherente de la oposición a Maduro. Dos partidos costarricenses, el Partido de Liberación Nacional y su desprendimiento, Acción Ciudadana, también. En fin, la tradición política latinoamericana no parece dispuesta a desprenderse de esa expresión programática, tan fácil.

En el país, la intervención de EE. UU. marcó a esa corriente política dominante en los llamados gobiernos revolucionarios. Le facilitaron a la reacción derechista el ataque contra los programas reformistas, al motejarlos de comunistas.
El nacionalismo revolucionario no se limita a un programa de gobierno, sino también es un estilo de movilización popular. Se respeta la herencia precolonial, las luchas de independencia y la oposición al intervencionismo extranjero.

En conclusión, quizás Alan García debió tener más resiliencia y los nacionalistas revolucionarios, expresarse con mayor claridad ideológica, para evitar a tanto demagogo oportunista la copia de su discurso.