Con otra mirada

Principios generales de conservación

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

De la publicación Introducción a la conservación, de Bernard M. Fielden (1979), tomo la siguiente nota que devino en consigna esencial en el curso de conservación arquitectónica del Centro Internacional para la Conservación y Restauración de Monumentos (ICCROM): “El patrimonio cultural es nuestra herencia, por lo tanto nos pertenece y en la medida que nos identifiquemos con él permitirá crear una identidad nacional. Es por eso que cada individuo está en la obligación, y debe ser su propio interés, velar por su debida conservación, pues el patrimonio cultural es la mejor herencia que podemos dejar a la siguiente generación”.

Al entender los mecanismos del desgaste y deterioro de los materiales con que están hechos los bienes culturales, podrán aplicarse los conocimientos y herramientas científicas de conservación que permitan prolongar su vida y poderlos transmitir a las nuevas generaciones. La conservación requiere del sabio manejo de los recursos y el buen sentido de la proporción, sin perder de vista lo que el bien cultural que se desea proteger significa y para qué se desea conservar. Es una disciplina multidisciplinaria en la que intervienen aspectos y métodos tan variados como los estéticos, históricos, técnicos y científicos.

Independientemente de la diferencia de escala y amplitud de la intervención, los principios generales de conservación y los métodos de procedimiento son los mismos para los bienes muebles como para los inmuebles. Sin embargo, existen diferencias logísticas para cada uno de ellos. Por ejemplo, en arquitectura, el tratamiento de los materiales debe hacerse en el entorno abierto y prácticamente fuera de control, a merced de los efectos del medio y los elementos. En tanto que los conservadores, dentro de un museo, pueden llegar a controlar plenamente su entorno y minimizar deterioros subsiguientes.

Además, la escala de las operaciones arquitectónicas es más grande. En muchos casos los métodos usados dentro de un museo son impracticables debido al tamaño y complejidad de la obra arquitectónica. Por la complejidad de la intervención, los arquitectos restauradores, técnicos, contratistas y maestros de obra coordinarán la ejecución de los trabajos, en tanto que los conservadores de bienes muebles, por lo general, son ellos mismos quienes ejecutan el trabajo con sus propias manos.

En ambos casos (bienes muebles e inmuebles), el objeto sujeto a conservación debe ser analizado según el valor que representa en su contexto. No es lo mismo, por ejemplo, una casa del siglo XVIII en Quetzaltenango, Cobán, Huehuetenango, Zacapa o La Antigua Guatemala que una casa del mismo período en Roma, en donde su conservación no tendrá la misma prioridad dentro de las necesidades de conservación del patrimonio cultural, atendiendo el marco histórico de aquella ciudad de mayor antigüedad.

Para fines de su evaluación, en términos generales, a los bienes culturales se les pueden asignar distintos valores según los siguientes lineamientos. Valores culturales: documentales, históricos, de edad, arqueológicos, estéticos, arquitectónicos, de imagen urbana, paisajísticos y de entorno. Valores de uso: funcionales, económicos, sociales y políticos. Valores emocionales: obra admirable, de identidad, de continuidad, estilo, por materiales, técnicas y sistemas constructivos.

Así, el costo de la conservación deberá incluir la suma parcial asignada a cada valor enunciado, a fin de evidenciar lo que eso significa para la comunidad. La evaluación de ese costo se hará en función del nivel cultural y grado de sensibilidad de sus miembros, que les permita tener la habilidad para tomar la mejor decisión.

En cualquier caso, la justificación para intervenir un bien cultural será vigorizar la identidad cultural del conglomerado.