Aleph

¿Quién cree en la clase política?

Carolina Escobar

Hay un herida tan grande abierta entre la sociedad política y la sociedad civil que ya podemos hablar de un abismo entre ambas. Por sobradas y diversas razones, la gente en nuestro país y en muchos otros no cree o cree muy poco en el sistema político, con todo y su clase política, sus partidos y sus políticos. Esto se expresa en los resultados de varias encuestas, en los medios de comunicación, en la calle, en los lugares de trabajo y las redes sociales. Esta crisis generalizada de credibilidad no tiene una sola causa, sino muchas. Nuestra insatisfacción no es una sola ni por un solo motivo. Sirva como ejemplo la cuarta encuesta de ProDatos, que refleja una disminución de 21 puntos porcentuales en la popularidad del presidente Giammattei, respecto de la medición anterior, en abril. ProDatos señala que el descenso de la aprobación es inversamente proporcional al incremento de contagios por covid-19, a la falta de información confiable y a las medidas tomadas por su gobierno.

Sin embargo, fuera del marco de la pandemia, la falta de credibilidad en la clase política puede tener muchas causas. Para unos es la incapacidad de garantizar los derechos básicos de toda la población, a partir del modelo de mercado que practica la clase gobernante. Para otros es un asunto relacionado con la corrupción, la falta de justicia, la poca transparencia y la escasa apertura de los políticos. Otros aluden a que la clase política es financiada y condicionada por uno o más grupos o sectores de poder, con el fin de velar por sus intereses, en detrimento de la ciudadanía. Y están también quienes sienten que nunca les llegarán las oportunidades y los servicios prometidos en campaña, como el agua, la salud, la educación, el alimento, la vivienda y el transporte. Otros consideran que hay una excesiva intromisión del Estado y de las instituciones en asuntos que podrían ser manejados de manera más desregulada, individual y privatizada. El extremo de esta visión afirma que la democracia dialoga y negocia demasiado, y por ello simpatizan con formas más autoritarias de poder. Están los que llevan su crítica por el lado de lo moral, y proponen un rescate de la honorabilidad, la bondad y los valores de la clase política que, además, habría de volverse más humana y generar más espacios de participación ciudadana. Y están los que piensan que la política representa una pérdida de tiempo, dinero y energía, que es muy superficial, muy cara, y de poco beneficio para la población. Que el Estado oprime y es mejor prescindir de él. Lo común es, entonces únicamente, que hemos dejado de creer en la política, sus instituciones y representantes. Lo demás tiene que ver con la falta de legitimidad que genera el mismo sistema, sobre todo en una Guatemala que vive un continuum de crisis desde hace décadas. Como vimos antes, la pandemia ha puesto a prueba al actual equipo de gobierno, y ha afectado la popularidad de Giammattei, así como la de decenas de diputados, magistrados y funcionarios públicos que han aportado abundante y descarada evidencia sobre su participación en el pacto de corruptos.

Pero la política en sí es neutra, ni buena ni mala. La ciudadanía, para expresarse, precisa de organización y acción política, o hablaríamos de aspiraciones y acciones inconexas y aisladas que no permitirían mayores cambios sociales. O mejoramos la política o veremos más individualismo, más tendencias autoritarias, más favores a grupos de poder o más poder mal usado. ¿La clase política es clase aparte, cuando toda una sociedad está rota? ¿Por qué seguimos creyendo en los discursos políticos? ¿Qué hacemos sin una visión política de país? La política tiene que ser otra cosa de lo que es hoy; hay que reformar de fondo el sistema político y la concepción de la política, incluir nuevas miradas, nuevas voces, tener mucha paciencia y hasta cambiarle el nombre, si hace falta. Si muchas son las causas de la falta de legitimidad, muchos son los caminos que han de tomarse. ¿Y si nos unimos?”, preguntó un presidente que ni siquiera sabe escuchar a la gente. Son estos pequeños detalles los que podrían promover cambios profundos en la política.