Con otra mirada

Racismo, tara congénita guatemalensis

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

Los guatemaltecos, mestizos en general, no hemos logrado consolidar identidad cultural ni cívica, ni siquiera con la independencia de España provocada por la clase dominante —los criollos—, cuyos herederos se perpetuaron en el poder. Gozamos de un espléndido territorio, rico y privilegiado como para ser el paraíso terrenal, que nos hemos encargado de deforestar, contaminar y depredar en aras de lo que algunos llaman progreso. Aquí mismo se desarrolló la cultura maya, cuyos aportes al conocimiento humano son enormes en cuanto al universo, la naturaleza y el concepto abstracto del cero, como interpretación del vacío, que no es poca cosa.

A diferencia de otras culturas mundiales que con el tiempo desaparecieron, de la maya subsisten 22 grupos representados por sus idiomas, además del xinca y garífuna, junto a su riqueza espiritual y sapiencia. Realidad que vendemos como imagen al mundo exterior, pero que negamos, descalificamos y ninguneamos en la vida diaria. Consideramos seres inferiores a esa mayoría poblacional, cual si el espejo nos reflejara la imagen aspiracional que el mercado anglosajón impone.

El proceso electoral, que culminó el pasado domingo, dio la razón a las encuestas; sin embargo, sorprendió lo que algunos vaticinamos: la notoriedad del Movimiento para la Liberación de los Pueblos (MLP), que alcanzó el cuarto lugar, liderado por la señora Thelma Cabrera, indígena mam, cuyo discurso superó, con creces, al de otros candidatos, la mayoría de larga presencia.

La reacción de la clase económicamente dominante, que maneja a su antojo el devenir político de nuestro país, declaró su sorpresa porque un movimiento indígena resultara políticamente visible; pero más aún su preocupación por que eso sucediera. Sorpresa y preocupación entendibles desde las entrañas de mi país, puesto que esa élite vive en una burbuja aséptica, libre de toda contaminación humana que no sea blanca y de ojos claros, aunque el espejo refleje a sus representantes un dejo del mestizaje expuesto; imagen que no percibe, pero niega, pues lejos está de ser el espejo mágico de la madrastra del cuento de Blanca Nieves.

Los resultados parciales de las elecciones generales para la Presidencia y Vicepresidencia, trasladados a un plano del territorio nacional —22 departamentos—, reflejan la imagen verde del color de la Unidad Nacional de la Esperanza, que postuló a Sandra Torres, que acongoja. Cubre un amplio 77.30%, equivalente a 17 departamentos. El 22.70% restante del territorio votó por los partidos Vamos, de Alejandro Giammattei en el orden del 9.08% —Guatemala y Sacatepéquez—, y el MLP, con Thelma Cabrera de candidata, con el 13.62% —Chimaltenango, Sololá y Totonicapán—.

En otras palabras, la pobreza, la miseria y la ignorancia, seducidas magistralmente, dieron el triunfo a la Unidad de la Esperanza, con más de un millón de votos válidos que aseguraron a la señora Torres pasar a la segunda votación que tendrá lugar el 11 de agosto próximo. Su experiencia y conocimiento adquiridos ante una realidad de pobreza, miseria e ignorancia permitió repartir paliativos que garantizaron la sumisión de quienes, con poco, entregaron su voto.

La descalificación nacional de la herencia cultural de los pueblos ancestrales y su marginación por una élite ignorante que la desprecia, llega a extremos. Están aquellos que niegan la existencia del hilo conductor entre la gran civilización maya con sus actuales herederos. Para demostrarlo recurren a cualquier argumento, falaces incluidos, confirmando así el racismo como una tara congénita. Tal realidad, a partir de ahora, está destinada a cambiar ante la visivilización de la organización del movimiento campesino.