Nota bene

¿Receta mágica?

¿Cómo puede ser que, a escasos días de las elecciones, tantos guatemaltecos sigamos indecisos? Este lamento me hizo reflexionar sobre las lecciones que nos deja esta contienda electoral. Innegablemente, el ejercicio electoral pone en evidencia las debilidades inherentes a la práctica democrática, así como las nefastas consecuencias de las reformas a la Ley Electoral y de Partidos Políticos. Más significativamente, nos invita a revalorar la urgencia de restringir el ámbito de acción del poder coercitivo. ¡Qué daríamos por contar con un marco jurídico-constitucional que efectivamente blinda nuestros derechos y libertades de posibles abusos por parte de los poderes de turno! Si nuestras vidas pudieran transcurrir en paz sin importar quién se hace del poder, las contiendas electorales nos causarían menos ansiedad…

Esta experiencia mitigó nuestra visión romántica de la política. Algunos creían que comeríamos en un restaurante elegante, con manteles blancos enyuquillados. Cada opción del exquisito menú sería mejor que la otra, y satisfaría plenamente nuestro paladar. En cambio, el 16 de junio entraremos en un comedor corriente. Tenemos que seleccionar un platillo del extenso menú, con ciertas opciones tachadas de entrada. Algunos tachones nos hacen sentir menos soberanos, menos clientes. En cualquier caso, anticipamos que el plato servido nos defraudará, porque a pesar de exageradas y prometedoras descripciones, cada opción contiene ingredientes ocultos.

La realidad, comparada con el ideal imaginado, es tan frustrante que unos comensales rehúsan entrar en el comedor. Resignada, la mayoría pondera un tin-marín estratégico: nos podrían servir algo abominable si no nos pronunciamos. Nos esforzamos por leer entre líneas, adivinar y calcular, subordinando nuestro gusto a una apetencia generalizada. Y es que en el comedor de la democracia a todos nos sirven lo mismo, con base en un conteo mayoritario.

En el fondo, una gran parte de nuestra frustración deriva del hecho de la gran paradoja del poder: necesitamos elegir personas que no codicien el poder, que estén dispuestas a poner en lugar candados que limiten su capacidad de entorpecer nuestras vidas y restringir nuestras libertades. Personas que sepan que el cetro no es una vara mágica que escupe soluciones milagrosas. Contrario al tono que adoptan unos candidatos, de salvadores omnipotentes, la historia revela que los políticos no son el motor del desarrollo integral. Tampoco son oráculos los organismos internacionales como la Organización de Naciones Unidas (ONU): ninguna sociedad se ha desarrollado gracias al estatismo intervencionista o a la cooperación internacional. Los modelos socialistas o comunistas nos empobrecerían aún más, como muestra el caso venezolano.

No basta con enfocarnos en elegir a personas decentes y éticas, porque hasta los ángeles fracasarían dentro del sistema si no se modifica el marco institucional. Como explican James Robinson y Daron Acemoglu en Por qué fracasan los países, tenemos que transitar de un modelo de gobierno extractivo y expoliador, a un modelo inclusivo. Sí hay ejemplos de países que han logrado superar los retos que hoy enfrenta Guatemala: lograron vencer las secuelas de la pobreza con tasas de crecimiento de dos dígitos, redujeron tasas de violencia y criminalidad que parecían invencibles, mejoraron sus índices de estado de Derecho, justicia y transparencia. Ojalá y logremos elegir, del menú que tendremos en nuestras manos, a un puñado de gobernantes quienes, desde el Ejecutivo y el Congreso, muestren estar conscientes de la paradoja del poder y se empeñen por hacer los cambios que realmente beneficiarán a los guatemaltecos.