Con nombre propio

Reconocimiento al cucurucho

Alejandro Balsells Conde @Alex_balsells

Este Miércoles Santo vivimos los católicos el fin de la Cuaresma y se recuerda el momento en que Judas vendió a Jesús a cambio de treinta monedas. Sin importar si somos o no cristianos, la traición al Maestro y del Amigo a cambio de una recompensa sabemos que ocurre seguido y ahora, cuando enfrentamos el desafío del proceso electoral, las traiciones salen a flote y constatamos cómo las fidelidades juradas se traducen en discursos diferentes.

Siempre he entendido las muestras legítimas de fe como las expresiones más íntimas de nuestra libertad, y por ello asusta ver tanto político farsante clamar el nombre de Dios para conseguir un voto o, si no el voto, por lo menos que hablen de él o ella.

Abstrayéndonos del cotarro electoral, queden estas líneas para todos aquellos cucuruchos que hacen viva más que una tradición, una expresión legítima para tocar el corazón ajeno. Por eso, con las limitaciones propias del espacio quiero compartir un fragmento de lo escrito por mi abuelo, Alfredo Balsells Rivera, en El Imparcial, el 28 de marzo de 1934, titulado Elogio del Cucurucho:

“Hermano Cucurucho (y perdona la confianza de llamarte hermano como en tratarte de tú, yo que jamás he sido cucurucho); Hermano Cucurucho: tú no sabes cuánto te admiro y hasta donde me pareces un personaje inconmensurable, Ahora te lo digo en el mayor secreto. Eres uno de los pocos individuos interesantes que quedan en el mundo. Tú, el almirante Byrd, que todos los años va al polo, a medio morirse de frío y los aeronautas que a poco ascienden a la estratosfera, son tres tipos que me atraen y me conmueven.

Empiezo a admirarte desde cuando aceptas no salir nunca de Guatemala durante los días de Semana Santa, con tal de asistir a las procesiones. Tus hermanos herejes salen de aquí. Van al mar, al campo o a la montaña. Pero tú no te mueves. Tú estás ahí, sin inquietudes que te devoren el alma, sin pasiones ni compromisos que te impidan cumplir los deberes de la Semana Mayor, sin otra cosa que esa vocación eterna e inmortal de ser cucurucho.

Sigo admirándote, Hermano Cucurucho. Te admiraré siempre. Eternamente llevarás contigo este asombro mío, que quizás tenga algo de profano, pero que se salva por las grandes virtudes de la sinceridad. Cuando estoy en alguna plaza, en alguna acera o en algún balcón, dispuesto a presenciar el desfile religioso, ya no tengo ojos más que para ti, y se me olvidan muchas cosas que antes me preocupaban.

Si suenas la matraca, al hacerlo adoptas una actitud tan especial, tan inimitable, tan tuya, tan de director de orquesta que se apresura a dirigir los compases de su mejor sinfonía, que llamas la atención y nos dejas inmóviles de asombro. Si mueves el incensario, lo haces con un ritmo y un método que solo la costumbre puede dar y que, por tanto, a nosotros, los espectadores nos asombran también. Y si marchas velozmente de un lado a otro, si ordenas a tus compañeros que no se salgan de la fila, si regañas a los transeúntes curiosos, si despejas la calle para que el cortejo no encuentre tropiezos, eres único y formidable. Hasta los policías de tránsito se sienten avergonzados de tu actividad, ellos que no hacen otra cosa en todo el año”.

Vivir la fe es una decisión personal. En esta Semana Santa queden estas líneas para aquel que, con fe, pretende hacer un sacrificio para tocar corazones y escribir el mensaje divino que siempre empezará con la palabra, una palabra de amor al prójimo. Ojalá tengamos el valor de llevarlo a la práctica.