Sin fronteras

¿Recuerdan Amatitlán?

Pedro Pablo Solares@pepsol

Realmente, no podríamos llamarlo una coincidencia. Muchos capitalinos de antes lo vivimos similar. Desde que conocí a mi esposa escuché que algunas de sus memorias adoradas fueron en la casa de descanso, con abuelos y primos, a las orillas del Lago de Amatitlán. Allí, según cuenta, nada más que un columpio hecho con una llanta vieja y el agua dulce que golpeaba las orillas eran suficientes para que un domingo construyera recuerdos de epopeya infantil. A menos de una hora de casa, Amatitlán, un paraíso natural, con sus climas y vistas, por volcanes custodiadas, fue un tesoro encomendado a nosotros, en el Valle de la Ermita. Y digo que no es coincidencia, pues muchos lo vivimos igual. Que yo, por mi lado, también debo al Lago una honra en la memoria. Uno de mis primeros amigos, cuando recién vine de vuelta al país, vivía allí, en la casa de su abuelo. No tenía él entonces las riquezas de los niños del momento: televisores a color, o un Atari. Lo que sí, es que en su jardín, para usarse cada día, tenían una lancha. Se esquiaba y se chapoloteaba en el agua. Puedo contar que se veía a pescadores atrapando el almuerzo para el día. Cuando caía la noche, las muchas luces en la orilla eran muestra de que el Lago estaba vivo. 1983, Amatitlán era un lugar donde la gente buscaba ir.

Pero algo pasó en el camino. Este, como otros tesoros naturales nuestros, se miran muertos o en vías de morir. A las nuevas generaciones podrían sonarle estas como historias de hace tiempo. Pero la realidad es que somos nosotros, los adultos de ahora, quienes fuimos testigos, autores o cómplices de perder la riqueza natural que algún día presumimos. Guatemala es un desastre natural en plena ebullición. ¿Ha visto usted últimamente un mapa satelital de la región? Abra su explorador y véalo con sus ojos. ¿Sabe cómo se distingue dónde termina Guatemala y dónde empieza Belice? Es bastante simple. El vecino es ahora donde se mira el bosque verde. Y Petén, deforestado año con año, cada vez más amarillo, cada vez más café. Nuestros ríos desprotegidos sirven como vertederos para la industria y basureros para el pueblo. La flora, la fauna, que otros países cercanos celosamente cuidan, nosotros, por alguna razón, estáticos las vemos languidecer.

Los guatemaltecos apreciamos que el Gobierno, como en tantas otras asignaturas, es parte de este problema, y no de la solución. El ministro actual, a cargo del ambiente, es alguien que no muestra ni una sola gota de trayectoria en los problemas ambientales. Y siendo los guatemaltecos tan orgullosos de nuestras riquezas naturales, cabe preguntar cómo llega, con la paciencia de tantos, alguien a tan alta asignatura, por amistad y funcionalidad para objetivos particulares, y no para cuidar lo que es de todos. La respuesta más viable es la corrupción, y la impunidad, de las que tanto se ha hablado en los últimos años.

A las puertas de un año electoral, el ambiente político se calienta. En las últimas semanas, se ve en las redes sociales intercambios encendidos. Es mi percepción, que en círculos acomodados de la capital, el tema de la corrupción no se percibe con tanta preocupación. Para todos, ciertamente, nuestro país muestra mucha miseria. Pero las historias de la Guatemala profunda son tantas y tan lejanas, que no parecen encender conciencia en toda la gente. Pero lo cierto es que la corrupción no es un problema que afecta solo a los más pobres, sino es un cáncer que nos perjudica a todos. Amatitlán y otros tesoros naturales que se nos escapan de las manos son muestra viva de ello. Ojalá, cada día más, así lo vea más gente. Que la única opción viable para la próxima elección es la que dé muestra real de un interés por destruir los nidos de corrupción que carcomen nuestro futuro.