De mis notas

Reflexiones de medianoche

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

Es ya de cotidiana costumbre en el día a día de nuestro país levantarse temprano con un escándalo sobre las vacunas y al otro con una lista de sardinas negras elaborada por tiburones con antojos muy particulares… La situación evoca la obra de George Orwell, Rebelión en la granja, en la cual el lema es “Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”.

El argumento se aplica por igual para la granja de Maduro, el más igual de los iguales venezolanos, a diferencia de los “otros”, obligados a hacer filas para sobrevivir la hambruna. El mismo drama orwelliano lo viven los animales de la granja de la isla de Fidel, donde, según el último número de la revista The Economist, hasta hace poco era ilegal para los campesinos destazar sus reses. Ahora lo pueden hacer, pero siempre y cuando comprueben que estas han “producido” un mínimo de 520 litros de leche durante un año. Tampoco se les permite que sus hatos se reduzcan, por lo que solo pueden comerse un novillo por cada tres que agreguen al hato. “El trámite para pedir permiso de comerse una res es tan tedioso que uno pierde el apetito”, relata un campesino de Bahía Honda.

Allá en la tierra del pinol y Rubén Darío, en la granjita de Ortega, la democracia está ciento por ciento controlada para poder llevar a cabo las elecciones en noviembre. Todos los opositores han sido aprehendidos y encarcelados. Se cumple la muy democrática disposición porque en los humitos y sortilegios de la señora Murillo la profecía está echada y la certeza del hechizo es un hecho para reelegirse con el beneplácito y el respaldo de la mayoría de los votantes nicas “libres”.

Hacia esa realidad parece transitar Perú, con una nueva constitución esperando en el horno, vía una constituyente exprés al nomás tome posesión el maestro Castillo. La nacionalización, la centralización de los medios de producción, la confiscación de la propiedad privada, todo un copy paste de los mejores atributos del socialismo del siglo veintiuno le esperan.

¿Y qué pasa del otro lado de Río Grande, con esa obsesiva práctica de la ‘teoría crítica racial’, o movimiento de justicia social, antirracismo o, más sencillamente, wokism? Un movimiento dogmático que se ha instalado en la mayoría de las universidades, obligando a los profesores a dictar sus cátedras siguiendo patrones preestablecidos, con enfoques como que “no existe una persona blanca que no sea racista. Porque el racismo, además de ser inherente a los caucásicos, es incurable. Lo único que pueden hacer los blancos es mantenerlo a raya con un riguroso entrenamiento mental”.

Robin DiAngelo y Abrahan Kendi, promotores de este movimiento —aunque la teoría crítica racial lleva décadas—, son “autores endiosados” que le han dado una dimensión práctica con manuales de acción aplicables a todo nivel de la sociedad, empresarial, educativo, político. Lo cierto es que la doctrina woke (viene de despertar) es un fundamentalismo identitario, que aunque se centra en enfocar la hostilidad racial, se ha ampliado en la llamada “interseccionalidad, que es la noción que permite combatir a la vez el racismo, el sexismo, la homofobia y el capitalismo”.

Desde Floyd y el surgimiento del movimiento Black Lives Matter, el wokismo se ha convertido en un fenómeno con incidencia transversal en los estamentos políticos de los EE. UU., permeando su narrativa en la administración demócrata a todo nivel. La influencia es tan poderosa que hasta el ejército estadounidense la ha asumido.

El fenómeno orwelliano está para quedarse: “Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”.