Rincón de Petul

Reflexiones para el voto de los emigrados

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Acércanse las elecciones y de nuevo, a última hora, escuchamos que empieza a tomar un poco de auge el voto de los paisanos en el exterior. Ya queda menos de un año para que acudamos a las urnas y no hace falta ser un erudito para pronosticar que este segundo ejercicio del voto presidencial para los emigrados será nuevamente un estrepitoso fracaso numérico. Ya mucho se ha discutido sobre los motivos que conducen a este fracaso, así como también las propuestas que pudieron mejorar el proyecto. Pero más allá de esto, aprovecho las dinámicas que se dan en torno a esta discusión para compartir dos curiosidades que tienen que ver con cómo se ha ido construyendo una ya cimentada “marca del migrante guatemalteco”. En un inicio, el país los desdeñó. Ahora hay una tendencia hacia la heroificación. Positivo: El reconocimiento al esfuerzo de los involucrados en un verdadero drama colectivo. Preocupa: Que se tienda a dar cualidades que pueden no tener y que posiblemente pueden ni buscar.

A esta tendencia se le observan tintes mesiánicos. Es decir, usando palabras de la Academia Española, migrante sería “sujeto en cuyo advenimiento hay puesta una confianza inmotivada o desmedida”. Migrante, salvador de la economía familiar y nacional. Migrante, salvador de la República, y de la democracia. Es una tendencia que posiblemente, y por su inmenso aporte económico, se ha ido formando naturalmente. Pero no es una en la que haya dejado de intervenir la mano de figuras notorias que frecuentemente se proclaman como representantes de ese sector poblacional. Primera curiosidad: Critican al sistema democrático por no darles merecida participación, pero dejan de contextualizar que ese padecimiento no les es exclusivo a ellos. La cierta y notoria negación de sus merecidos espacios políticos no es un asunto personal contra ellos; es, más bien, un mal generalizado, producto de una democracia muerta que cedió paso en un Estado corrompido.

Otra curiosidad sigue a la primera. Y es que, en las pláticas de estos líderes en el exterior plantean que se les niega participación porque, de haber una participación masiva, los millones de votos en EE. UU. botarían al sistema corrupto. Una premisa que parte de esa visión mesiánica de la que hablamos, y que atribuye al migrante –por ser trabajador y financiador de economías— cualidades, conocimientos y habilidades políticas que no necesariamente tiene. Una premisa contra la que caben preguntas válidas: Si fuera esto cierto, ¿por qué hubo tanto apoyo migrante en 2015 a la candidatura de Jimmy Morales? ¿Por qué, entonces, el amplio ganador del voto en EE. UU. en 2019 fue el actual presidente Giammattei? Si hubiera una verdadera vocación cívica y democrática en aquel sector expatriado, ¿por qué no hay más activismo espontáneo, aunque solo sea para reclamar mejor atención consular? ¿Es políticamente madura la masiva población guatemalteca en el exterior?

Un Estado perversamente creado y donde se ha instalado una auténtica cleptocracia requerirá de inmensos esfuerzos colectivos para transformarlo en una democracia que responda a los fines de la persona. La colectividad de guatemaltecos en el exterior tiene una enorme ventaja, al haber vivido de cerca y en sistemas donde los Estados funcionan; donde los empleados públicos son eso: empleados públicos y que responden a su cuentadancia. Y el vivir dentro de los sistemas democráticos más desarrollados del mundo. Tienen muchísimo que dar. Pero el camino es largo y los esfuerzos necesarios pasarán por superar los males heredados del lugar de origen: los caudillismos, la invasión masiva de lo religioso en los asuntos de Estado, la exclusión de las enormes poblaciones más excluidas, en particular los indígenas; la arrogancia y la falta de formación en asuntos que requieren de alta destreza intelectual. El camino es empinado. El esfuerzo, en todo caso, también lo habrá de ser.