Familias en paz

Religión y política

Rolando De Paz Barrientos rolando.depazb@gmail.com

Política es todo lo relacionado a la vida de la ciudad y las responsabilidades de los ciudadanos como parte de dicha comunidad. En sentido más estricto, es la ciencia de gobernar mediante políticas y leyes que busquen la justicia y el bien común. Todo individuo, indistintamente de sus creencias, forma parte activa en el quehacer político de la ciudad.

En la sociedad actual ha sido común que se recurra a la fe como parte del discurso. Surge la pregunta de si los creyentes pueden participar en política partidista, de hecho algunos ministros de culto han sucumbido ante la tentación o engaño de creerse libertadores o ungidos para impulsar un cambio en la Nación.

Analicemos el siguiente ejemplo y saquemos nuestras propias conclusiones. El apóstol Pablo escribe al joven pastor Timoteo advirtiéndole de que vendrían tiempos peligrosos: hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, amadores de los deleites más que de Dios. ¿Que debía hacer Timoteo ante una sociedad tan corrompida y con valores antibíblicos? La recomendación no fue fundar un partido político e involucrarse en el gobierno para cambiar las cosas. Su consejo fue, en primera instancia, que se presentara ante Dios como obrero aprobado y que permaneciera aferrado a las Escrituras. La Palabra de Dios es la única que puede redargüir, corregir e instruir en justicia al hombre, para que sea perfeccionado, enteramente preparado para toda buena obra. Esto zanja por completo la duda de si un ministro de culto puede postularse a un cargo político.

La historia ha demostrado que ningún gobierno puede transformar la sociedad. El cambio social ocurre cuando el corazón del individuo es absorbido por la verdad de Dios en todos los aspectos de su vida, renovando su mente por completo. La política es solo un método usado por Dios para llevar a cabo Su voluntad inviolable, y no hay ningún gobierno o persona que pueda frustrarlo. Él es quien pone y quita reyes, da el gobierno a quien quiere.

Por esta razón Jesús rechazó la oferta diabólica de gobernar el mundo, tampoco los apóstoles invirtieron su tiempo en instruir a la comunidad de creyentes a que transformaran el mundo de su inmoralidad y corrupción por medio del gobierno o la acción política. No los motivaron a la desobediencia civil ante leyes injustas o gobiernos tiranos; más bien los instaron a vivir una vida piadosa, cumpliendo con sus obligaciones civiles, pero sobre todo a proclamar la única verdad que puede transformar el corazón del ser humano: la de Jesús como hijo de Dios.

Es un engaño poner la confianza en un hombre, por su fe, moralidad o vida piadosa. La esperanza de un cambio verdadero no está en un hombre o en la clase política, sino en la misión de la Iglesia. El trabajo de los gobernantes es administrar justicia, impulsar leyes. La de la Iglesia es cambiar los corazones mediante la Palabra de Dios, enseñándoles a guardar las verdades bíblicas. Cuando la Iglesia se une a la política para lograr cambios, corrompe su misión sagrada.

Como ciudadano, todo creyente que no sea ministro de culto puede optar a un cargo público, siendo consciente de dos aspectos fundamentales: su aptitud para gobernar y su ejemplo de vida, porque nadie que no sepa gobernarse a sí mismo y tener en orden su hogar será capaz de gobernar una nación. Deberá cuidar de no recurrir a su fe como parte del discurso político. Mezclar política y religión es algo perverso.