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Religiosos(as): esperanza de un mundo sufriente

Víctor Palma amons.esc@gmail.com

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De la vida y obra de los religiosos y religiosas en la Historia de Guatemala bien podría aplicarse el conocido proverbio: “Son como las luciérnagas, necesitan de la oscuridad para brillar”. Pues más allá de las versiones de ideologías antirreligiosas, la inmensa obra sanitaria, de educación y de defensa de los derechos humanos en general no deja hoy de acompañarse honestamente de la conciencia de los excesos de aquel primer momento de la Conquista/Evangelización reconocidos por San Juan Pablo II (S. Domingo 1992, Benedicto XVI, Brasil 2007) y por Papa Francisco en Bolivia, 2015: “Pido humildemente perdón, no solo por las ofensas de la propia Iglesia, sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América”.

De esa vida consagrada que “ha de llevar la luz y no las sombras” se tiene la primera semilla en dos ancianos, Simeón y Ana, que en el Evangelio de la Presentación del Señor de mañana “se alegran por el Niño que entra al Templo”, pues es la “luz de las naciones y gloria del pueblo de Israel”. Aquellas dos figuras “dedicadas” (consagradas) a dar esperanza —como los ancianos en la Familia— toma sentido la existencia de los que “siguen a Cristo en perfecta caridad” (Vaticano II, decreto sobre la renovación y adaptación de la vida religiosa, 1965). Su misión “luminosa” destaca en un ambiente de debate: el Niño, en brazos de María, es “signo de contradicción”, es Luz que brilla en las tinieblas y se opone al corazón oscuro de los hombres cuyas obra son malas y prefieren la oscuridad. Puesta, pues, en el mundo para “llevar la esperanza como María a quien sufre” —el tema de la Jornada de la vida consagrada de mañana— la vida religiosa de un Bartolomé de Las Casas —conocido defensor de los indios—, Luis de Cáncer, Pedro de Angulo y Rodrigo de Ladrada” debió chocar contra la ambición y crueldad de los “encomenderos” de tantas regiones de Guatemala y de la naciente América Latina.

Hoy, esa misma vocación enfrenta en épocas recientísimas el testimonio de martirio de religiosos como Tulio Maruzzo, Santiago Miller, los sacerdotes Mártires de Quiché junto a tantos laicos que recibieron de ellos el impulso a “ser la luz que no puede ocultarse o ponerse debajo de la mesa” sino para brillar por sobre todo con el testimonio de vida, según indicaba San Francisco a sus frailes: “Prediquen el Evangelio, y si es necesario hablen”. Testimonios silenciosos pero elocuentes, en una sociedad llena de predicación en ocasiones a favor de lo contrario a la vida, a la justicia, al sentido de la vida humana misma. No pasa la vida religiosa a nivel mundial por su mejor momento, como no lo pasa la Fe en general: por lo que el mejor método vocacional siguen siendo la luz del martirio y acciones cotidianas cumplidas con amor y entrega.

“¿Por qué me tratas así?”, pregunta un moribundo a Santa Teresa de Calcuta cuando esta lo lleva a su asilo: “Porque te amo”, respondió la santa, instantes antes que aquel hombre muriera, ya con una sonrisa en sus labios. La esperanza siempre se acompaña con la caridad, y la caridad ejercida a toda persona sin distinción es dar como María “la vela de la luz de Cristo” —según la imagen de Candelaria— a quien necesite razones para no decaer. Que Ella, portadora de la Luz, ilumine y fortalezca a los(as) jóvenes guatemaltecos que intuyen en un mundo subjetivo y de “mucho selfie” que la verdadera alegría es consagrarse para llevar a Cristo, única y verdadera luz y esperanza del mundo.