Con otra mirada

Reliquia viviente muere a los 363 años

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

El esquisúchil del Calvario, en La Antigua Guatemala, o Árbol del Hermano Pedro, afectado por el hongo Ganoderma tuberculosum, considerado incurable en opinión de su conservador, el doctor Miguel F. Torres, colapsó la madrugada del sábado pasado, a sus 363 años, por la lluvia y fuerte viento que azotó la ciudad.

Mi vínculo con la ciudad, el Hermano Pedro y el esquisúchil viene, entre otros, de la Cuaresma de 1952, cuando el Padre Julio Martínez Flores, párroco del Santuario de Guadalupe (ciudad de Guatemala), amigo de don Ricardo Wer de León y de mi padre, José María Magaña Pinto, les compartió su preocupación porque los visitantes a la ermita El Calvario, en su afán por captar las flores del árbol, no reparaban en el daño infringido al aporrearlo y treparse por su vetusto tronco hasta alcanzar el fragante bien deseado; sugiriendo debía hacerse una cerca protectora.

¿Cuánto puede costar? No lo sé, dijo el cura, pero no debe ser mucho; puedo contribuir con cinco quetzales. Yo pongo otros cinco, dijo don Ricardo; pues yo pongo el resto, ofreció mi padre. Pasadas algunas semanas, eufórico, el padre les comunicó que el trabajo estaba terminado, invitándolos a ir a verlo.

Fue de esa manera como el Árbol del Hermano Pedro tuvo su primera protección en contra del piadoso vandalismo de los fieles devotos. El costo de la obra fue de Q60, lo que hace una diferencia de Q50 que mi padre no tuvo más remedio que aportar, en una época en que semejante cantidad pudo representar una tercera parte de su salario mensual.

Aquella primera protección fue sustituida por algo más fuerte en 1976, y se hizo una vereda en cruz, dejando al árbol en el crucero.

En la década de 1980, la señora Olga de Lipmann, aprovechando la contratación de un arquitecto paisajista para su nueva casa, llevó a cabo la primera consolidación del tronco y principales ramas, luego de podar otras que amenazaban con dañar al deteriorado monumento.

Con ocasión de los festejos por la canonización del Hermano Pedro (2001), la Orden Franciscana creó la Comisión para la Remodelación y Mejoramiento de los Jardines relacionados con la historia del Beato (San Francisco, Belén y Calvario), nombrando coordinador al doctor Miguel F. Torres.

El doctor Torres me invitó para asesorarlo en la remodelación del área en torno al esquisúchil. Acepté y propuse integrar el equipo de trabajo idóneo: Carmen Pokorny para los jardines y Juan Domingo Pérez para la ejecución. A Max Leiva le fue solicitado un proyecto de escultura. Fácilmente nos pusimos de acuerdo con lo que convenía hacer. Los esquemas iniciales se transformaron en proyecto, lo que permitió hacer gestiones para su financiamiento.

Fueron eliminados siete árboles ficus que competían espacialmente con el esquisúchil e impedían apreciar el costado poniente de la ermita. Fue delimitada y ajardinada el área, dotándola de una superficie sobre la cual fuera agradable caminar. La tarea de plantación estuvo a cargo del Club Jardín.

Ante la inminente muerte de la “reliquia viviente” (19 de marzo de 1657), detectada por el doctor Torres, el 28Nov2018 obtuvo permiso eclesiástico para excavar en sus raíces y reproducirla. El cultivo fue exitoso, logrando su retoño seis meses después. Hoy, ese hijo directo del Árbol del Hermano Pedro luce vigoroso en el lado opuesto a la vereda de ingreso a la ermita, en tanto el árbol caído se resguardará en ese mismo jardín.

Los sobrevivientes de esa historia somos los nueve hermanos Wer Asturias y del lado Magaña Juárez, mi hermana y yo.