Sin fronteras

Se ve una nueva era, y tú ¿a dónde vas, Cancillería?

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El aire que se respira es diferente en el edificio de la zona 10. Andador de instituciones, doy fe de que en ella se siente algo diferente. Y quienes la ocupan, lo saben, lo pregonan. Se vive una cierta vanidad por la pertenencia a una aristocracia gubernamental en sus salones. Ahí, donde los pisos de madera se funden en aroma con el cuero de los sillones. Sentado en las oficinas del Despacho, quien llega entiende que por ahí pasan decisiones de jerarquía nacional. Esperaría uno el compromiso de dar altas formas a las posiciones internacionales —se supone que— para el bienestar de nuestros pueblos. Pero sucede que por ahí también han de pasar intereses comerciales de quienes logran alcance internacional. Los exportadores, los finqueros y otros sectores que dominan. En un país muy elitista, el diplomático se monta ciego al tren del poder económico. Y conforme se fortalecen industrias emergentes, a los cuadros de abolengo se suman nuevos actores. Las sillas se reparten entre los de siempre y los nuevos de relleno; y algún cuate del presidente o un aspirante a diputado que firma cuanto oprobio se le pone enfrente. Los lustros pasan y quien llega demandando el bienestar común pasa a ser bufón de fiesta. Un pobre ingenuo, que no entiende las prioridades del lugar.

Cuando en esa degradación surge un fenómeno de éxodos poblacionales, el país desarmado luce dócil y traicionero en lo que concierne a sus familias. Con la agenda en otros lados, la carencia de posiciones sólidas se echa de ver. La adherencia a líneas foráneas, entonces, con todo y sus interpretaciones e intereses, se convierte en lo nacional. La migración forzada irregular —la centroamericana, en particular— es un asunto que demanda un debate generacional. Es un problema común de múltiples aristas. Girándolo hacia un enfoque positivo: con múltiples oportunidades para las naciones involucradas. La más sencilla como ejemplo: ellos necesitan trabajadores; nosotros, trabajos. Estas oportunidades han sido opacadas por posiciones simplistas que responden a intereses mezquinos. Que tienden a ser simplistas, y a generalizar desde las peores circunstancias. Por ejemplo, que como un hispano es delincuente, todos somos delincuentes. Y así, una infinidad más. Trump utilizó esta táctica para seducir a sus masas. Y así les respondió. La deshumanización se hizo norma, y aquí, en la Cancillería, esa estulticia predominó.

Vergonzosamente, Guatemala figura en los últimos lugares del mundo en cada listado de bienestar personal. No es de extrañar, entonces, que hoy casi uno de cada cinco guatemaltecos haya escapado a Estados Unidos. A ese pesar reina incluso en algunos sectores del país, incluso en la Cancillería, la adherencia a esas generalizaciones incomprensivas de lo que se ve forzada a hacer nuestra población. Y la manifestación de discursos miserables que condenan el sacrificio de quienes son expulsados se hace muy penosa. Muy necesario de cambiar. La última de las múltiples infamias en que hemos estado involucrados es la noticia de estos 545 niños que fueron arrancados de los brazos de sus padres y que hoy no los encuentran. Escuché esta semana varias entrevistas desde el despacho ministerial que adhirieron rápidamente la creencia de que esta denuncia es una treta de la organización denunciante.

El candidato Biden ha ofrecido crear una fuerza de tarea para reunificar a los niños. Tras cuatro años de crueldad, el pueblo estadounidense demanda cambios. El giro se ve como oportunidad, en especial si las fuerzas cambian en el Senado. El rechazo al trumpismo demandará una posición en beneficio de nuestras familias. La pregunta será si los de bonito tacuche en la planta central de la zona 10 estarán a la altura. Ojalá haya espacio entre tanto amigo del empresario y del político de turno.