Punto de encuentro

Siete días y contando…

Marielos Monzón @MarielosMonzon

El bochornoso incidente del agregado cultural de la misión diplomática de Guatemala en Madrid, Arturo Jutzuy Hernández, quien, según relata el diario el Mundo de España, además de no cancelar la abultada cuenta de 1,300 euros en un club nocturno de esa ciudad, insultó y agredió a empleados y clientes y al llegar la policía se negó a pagar al grito de “¡tengo inmunidad, tengo inmunidad!”, retrata de cuerpo entero lo que ha sido el (des) gobierno de Jimmy Morales. Muy bien aprendió la lección Jutzuy Hernández de su jefa, la canciller Sandra Jovel, que se ha pasado junto al presidente y su rosca de impresentables cometiendo todo tipo de atropellos, abusos, despropósitos e ilegalidades bajo la sombrilla de la “inmunidad”.

Inmunidad que les ha servido, por ejemplo, para hacer trizas el esfuerzo sostenido por combatir la corrupción en el país, desbaratando al Ministerio Público y echando de Guatemala a la Cicig. Inmunidad que les cobija para desobedecer las resoluciones del tribunal constitucional, debilitando aún más nuestro endeble estado de Derecho. Inmunidad para evadir la justicia —el mismo presidente y varios de sus ministros están implicados en investigaciones por financiamiento ilícito, sobornos y hasta espionaje— porque la Corte Suprema y el Congreso les protegen.

Inmunidad para inaugurar un libramiento en Chimaltenango que a todas luces es un enorme agujero de corrupción y no “la obra de infraestructura más importante de Centroamérica”, como la calificó el ministro de Comunicaciones que compite con sus colegas de Ambiente, Relaciones Exteriores y Gobernación por el trofeo a la ineptitud, la soberbia y el desmantelamiento de la institucionalidad pública que, dicho sea de paso, está más descarrilada que el vagón del tren que intentaron echar a andar. Inmunidad que les permitió, deshonrando la dignidad del país y nuestra soberanía —esa de la que tanto se llenan la boca—, firmar y concretar por la vía de los hechos un acuerdo de tercer país seguro que convierte a Guatemala en una enorme cárcel para migrantes, haciéndoles —otra vez— el trabajo sucio a los norteamericanos y demostrando hasta dónde pueden llegar el servilismo y la traición.

No sé si Morales es el peor de los gobernantes de la era democrática, ese deshonroso primer lugar está francamente muy disputado. Pero en el podio de la desvergüenza, el cinismo, la mediocridad, el abuso y la inutilidad, tiene un lugar asegurado. El daño que nos hizo Jimmy Morales, el kaibil honorario, es inconmensurable. El suyo no fue un gobierno de estancamiento sino de retroceso.

La restauración conservadora, de la que fue un peón utilitario, logró que, en cuatro años, Guatemala retrocediera décadas. Pero el mérito no es solo suyo. Lo comparte con sus principales aliados, las élites económicas y militares que cerraron filas y lo acuerparon porque vieron en él a la marioneta perfecta para retomar el control absoluto que por la vía de la lucha contra la corrupción habían empezado a perder.

Queda exactamente una semana para que se baje el telón de su nefasta presidencia. A partir de ese instante constatará que sus incondicionales no eran tales y que su papel siempre fue el del tonto útil, aunque terminó creyéndose que él era el poder. Su cinismo y altanería se diluirán cuando la realidad real le toque la puerta y, como a tantos otros, le caiga el veinte que aquel “trono”, porque así conciben el gobierno y el Estado él y quienes lo utilizaron, era en realidad una puesta en escena y, agotado su papel, será desechado.

Lamentablemente las consecuencias las seguimos pagando nosotros. Nos dejó un país aislado internacionalmente, más pobre, más desigual, menos libre y menos democrático.  Pero estamos de pie, tocará continuar luchando para avanzar y transformarlo.