Aleph

Sin niñez hoy, no habrá país mañana

Carolina Escobar

Estaba allí, de pie ante esa maravillosa catedral, y pensaba en lo grande que tuvo que ser el arquitecto Antoni Gaudí para soñar con algo que jamás vería concluido. Cada parte del templo de La Sagrada Familia, en Barcelona, es excepcional: son ya cinco generaciones las que han presenciado la evolución del templo desde la colocación de la primera piedra hace más de 135 años y sigue en construcción; su concepción fue genial hasta en el más pequeño símbolo y detalle allí representado; y su propósito original fue único, ya que se pensó como un templo para el pueblo y el futuro.

Esto me remite a una idea que me acompaña desde hace mucho tiempo, y es el sentido de proceso, ese que implica pensar en luchar por todo aquello que seguramente no alcanzaremos a ver en nuestra corta vida. Guatemala podría ser para muchas y muchos de nosotros lo que ese templo fue para Gaudí. Particularmente, para mí, lo es —además— el trabajo por la niñez, especialmente por las niñas y adolescentes. Ellas son hoy, como dijo Gabriela Mistral, y hoy las están matando, quemando, descuartizando, abandonando, silenciando o violando, con lo cual se está definiendo buena parte del futuro de Guatemala.

Hay una mezcla de indignación y rabia porque la clase política no ha entendido que no entiende. En Guatemala, la gente no conecta la corrupción o la impunidad con la imposibilidad de futuro, ni con la desnutrición o las violencias que viven millones de niñas y niños hoy. No se ha entendido la importancia estratégica de dejar de robar para invertir en la niñez. Todos quieren recompensas inmediatas, y por eso levantan edificios, adornan jardines e inauguran chorros de agua. Pero se olvidan de que Guatemala es el país de América Latina con la tasa de desnutrición crónica más alta y que la realidad de la niñez guatemalteca sigue siendo una de las peores del mundo, especialmente la de las niñas. Las cifras oficiales hablan de un incremento en el 2020 de hasta un 80% en desnutrición, en comparación con el 2019; la OIT habla de más de 800 mil menores de edad laborando en malas condiciones, y las noticias de los últimos días volvieron a poner a niñas y adolescentes descuartizadas, violadas, asesinadas, desaparecidas y desnutridas en un primer plano. ¿Cuántos niños, niñas y jóvenes están fuera del sistema educativo? ¿Han oído ustedes algo del actual Ministerio de Educación durante la pandemia? Y seguimos preguntando ¿dónde está el dinero de la pandemia? porque tenemos derecho a la rendición de cuentas.

Encima de todo, en el Congreso, donde se deciden las leyes y se hace gobierno, abundan el pensamiento mágico y el idiotismo de diputadas y diputados de corte medieval y doble moral que no entienden nada. Es aquí donde quiero retomar lo del “pensamiento catedral” y contrastar lo que propone el filósofo australiano y profesor en Cambridge Roman Krznaric, quien le puso el nombre perfecto a ese sentido de proceso que mencionaba antes. Krznaric dice haber obtenido de Guatemala y su cultura maya una visión completamente diferente de la vida, y habla de la reconexión con la tierra y los largos ciclos del tiempo versus “la tiranía del ahora”. Habla de la relación entre los países con planificación de largo plazo y los mejores resultados en la pandemia, y dice “que hay un problema terrible con la democracia y es que no les damos derechos o una voz representativa a las generaciones futuras. Sabemos que nuestros políticos apenas pueden ver más allá de las próximas elecciones o del último titular. Pero también sabemos que nuestras acciones están teniendo consecuencias en todas las generaciones futuras”. En su libro The Good Ancestor dice que el impacto de una decisión afecta a las siguientes siete generaciones.

Con eso en mente, podríamos unirnos a eso que en Japón y otros lugares se llama el “diseño futuro” y convertirnos en parte del movimiento mundial de los “rebeldes del tiempo”, esos que imaginan a su sociedad y su mundo en el futuro, y ponen manos a la obra, porque saben que las próximas generaciones podrían vivir de otra manera.