Cable a tierra

Sobre el miedo a expresar ideología política

Karin Slowing karin.slowing@gmail.com

Después de varios meses de estar alejada de actividades públicas, acepté recientemente participar en dos eventos que me parecieron particularmente relevantes para el momento porque abordaron temas donde tenemos vacíos sustantivos de reflexión como ciudadanos, y que son muy pertinentes para el momento. Me referiré hoy a uno, que se llevó a cabo la última semana de febrero. Fue un panel que reunió a seis personas para conversar acerca de la ideología política de cada uno. No fue una discusión sobre teoría política, aunque algunos sí que se lucieron por su sapiencia, sino sobre lo concreto: ese conjunto de ideas, pensamientos, valores que cada uno tenemos incorporados en nuestra mente, y que —los tengamos conscientes o no— nos ayudan a explicarnos en alguna medida cómo entendemos la sociedad, cómo nos posicionamos ante los hechos que en ella ocurren, y cómo visualizamos la dirección que deberían tomar los procesos de cambio social que nos podrían permitir salir de este pantano profundo donde nos estamos ahogando.

Irónicamente, parte de la ideología dominante en la sociedad intenta permearnos con la idea de que ya es fútil hablar de ideologías porque eso “polariza”. ¿Acaso es porque eso permite que la forma de pensar de un solo grupo se imponga sobre todos los demás? En cambio, yo estoy convencida de que entender nuestro propio pensamiento político, fundamentarlo con conocimiento y ser capaz de expresarlo y de posicionarnos públicamente al respecto es un proceso que será indispensable para lograr que vayamos pasando de ser meros habitantes del país hasta transformarnos en ciudadanos y ciudadanas, conscientes de nuestros derechos y responsabilidades para con el conjunto de la nación.

Tristemente, acá, la mayoría de personas todavía son habitantes nada más; sus vidas transcurren ajenas a la dinámica de la lucha por el poder de controlar el destino de la sociedad; su empeño es más primario: no pasar hambre ese día, tener un techo donde guarecerse, una cobija para taparse. Sobrevivir. Para la mentalidad de finca que aún domina en alguna parte de la élite, ese es el guatemalteco ideal: el que ve, calla y se hace el loco; el que se deja someter a la injusticia porque le han dicho que es por orden divina. Para esa mentalidad, lo mejor es que esos millones de personas sigan hambrientas y sin educación. O que se vayan mojadas. Así no reclaman, así no piensan y menos aún, intentan el cambio.

Tener clara nuestra ideología no significa necesariamente militar en un partido político o ir a un puesto de elección popular; o que esta deba tener un determinado contenido u orientación; tener ideología política es tomar conciencia sobre lo que ocurre en la sociedad y darnos cuenta de lo que eso nos afecta como individuos, como familia y como comunidad; significa darle una interpretación a por qué ocurre lo que ocurre, y también sirve para reconocer la importancia de no permitir que sean otros nada más quienes conduzcan esta nave que llamamos Guatemala por el rumbo que les conviene solo a ellos.

Que pensemos diferente tampoco es necesariamente sinónimo de que debe haber conflicto; se genera más bien un contrapeso, un balance que evita imposiciones y autoritarismos de unos sobre otros. El conflicto solo lo generan los intolerantes, quienes saben que sembrar en la gente el miedo a expresar ideología política es una herramienta clave para conservar el orden de las cosas. Nadie más beneficiado que el estatu quo con la apatía juvenil para empadronarse y participar en el proceso electoral. Nadie más beneficiado que el actual orden de cosas que el que no queramos pensar por nosotros mismos.