Con otra mirada

Sobre los nuevos arquitectos

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

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Cuando el 14 de diciembre de 2006 el Estado guatemalteco elogió a los arquitectos fundadores de la primera Facultad de Arquitectura e introductores de la arquitectura moderna y contemporánea, entregando la Orden Nacional del Patrimonio Cultural a Roberto Aycinena, Jorge Montes, Carlos Haeussler, Pelayo Llarena, Raúl Minondo y Jorge Molina, puso sobre el tapete su obra como un nuevo valor cultural a ser conservado. Como promotor de esa iniciativa, me di por satisfecho. Sin embargo, los siete años de gestión ante tres distintos gobiernos, debo admitir, mermaron mi entusiasmo por promover el encomio a la siguiente generación, concebido como parte de un todo.

Es más, entre junio 1999 y mayo 2008 publiqué mensualmente artículos sobre urbanismo, arquitectura, patrimonio cultural y arte en las revistas Revue y Recrearte, editadas en La Antigua Guatemala. Algunos de esos artículos fueron dedicados a describir la obra de colegas pertenecientes al período que empezó con el Centro Cívico y se desarrolló en las siguientes décadas, identificando a sus autores, entre fundadores, catedráticos y compañeros de estudio, entre quienes están: Max Holzheu, Peter Giesemann, Adolfo Lau†, Alfonso Yurrita, José Asturias, Augusto de León, Mario Novella†, Rafael Tinoco, Augusto Vela, Juan Lacape†, Santiago Tizón… y otros tantos que han dejado profunda huella en otros ámbitos, como la formación y capacitación académica: Carlos Rigalt†, Guido Ricci, Lionel Méndez Dávila†, Rolando Bonilla†, Roberto Calderón, Claudio Olivares† y Donald del Cid. José Luis Rodríguez, Víctor Quan†, José Alfredo Morales Velásquez, conocido como Fo y José Manuel Chacón, como Filóchofo, en arte y comunicación, y un largo etcétera que habrá de ser completado.

El recuento de los connotados colegas señalados al inicio y el éxito alcanzado, entre fundadores e introductores de la Arquitectura Moderna y Contemporánea, fue por iniciativa propia, debiendo salvar las tortuosas vicisitudes apuntadas en artículo precedente, producto de nuestra iletrada burocracia. La etapa pendiente será emprendida desde la privilegiada posición que me da la presidencia del Colegio de Arquitectos de Guatemala, que pretendo concretar en pocos meses, quizás tomando como pretexto la fecha 26 de abril, cuando celebraremos el LVIII aniversario de su fundación, conmemorando a quienes participaron en su creación, los primeros colegiados y la lista ampliada de los ya mencionados.

Para eso cuento con una Junta Directiva dispuesta a poner en valor esa entidad que al día de hoy aglutina a 6,556 agremiados, provenientes de 9 facultades de Arquitectura, cuyo origen se remonta al Congreso de Reestructuración de Arquitectura (CRA) —Usac 1971—; importante movimiento estudiantil que provocó la renuncia del Decano y la expulsión de catedráticos titulares, que de inmediato fueron acogidos por la Universidad Rafael Landívar, creando la segunda Facultad de Arquitectura en Guatemala. Siguieron las universidades Da Vinci, De Occidente de Guatemala, Del Istmo, Francisco Marroquín, Mariano Gálvez, Mesoamericana de Guatemala y San Pablo.

Pertenezco a la tercera camada de Arquitectos, a la que tocó participar en primera línea en la convulsa transformación político-académica que implicó el mencionado CRA1971. Aunque el Congreso retrasó más de un año mi graduación, estuve presente y fui solidario con lo actuado. Al notar que la carga política del Congreso era superior a la académica, dejé de participar en su desarrollo.

Esa promoción produjo dos decanos de Arquitectura —Usac— y cuatro presidentes del Colegio de Arquitectos. Los últimos dos hemos sido los más viejos al ocupar ese honroso cargo. Eduardo Aguirre lo hizo con 70 años en tanto el suscrito con 73. ¡Larga y productiva vida a los sexalescentes! Serán otros a quienes corresponda evaluar nuestro actuar.