Con nombre propio

Tiempos recios y el miedo del 54

Alejandro Balsells Conde @Alex_balsells

Mario Vargas Llosa le dedicó a un episodio histórico guatemalteco su última novela. Tiempos recios desata una trama en torno al asesinato de Carlos Castillo Armas y, como era lógico, también se aborda la vida de Jacobo Árbenz.

La obra es importante porque hemos reconstruido nuestra historia a base de mitos o ideas preconcebidas que dejan poco lugar para el análisis objetivo. Ningún país teje desarrollo sin análisis histórico. En Guatemala, la historia es como aquella circunstancia que no quiere platicarse, ni en familia, porque molesta y es mejor ocultarla.

Lo bello de la literatura es que un mismo libro tiene distintas interpretaciones conforme al lector. Mientras hay libros cautivadores para algunos, son aburridos para otros, y de acá el reto por buscar estímulo y formación.

Una novela histórica es un reto para cualquier escritor porque respeta el entorno donde se desarrolla una trama de ficción, por eso es oportuna la entrevista concedida por el Nobel a Prensa Libre, publicada ayer, y quien al ser consultado sobre si Árbenz buscaba la implementación de un sistema capitalista en el país responde: “El objetivo de él era crear una democracia moderna, una economía capitalista en donde empresas compitieran en ambiente de libertad, pagaran impuestos y cumplieran con la ley. Todo eso era difícil en un país en donde no había instituciones sólidas. Su objetivo era crear una democracia moderna, funcional y capitalista. La prueba es que él no nacionalizó empresas privadas. La reforma agraria es una reforma en la que las tierras ociosas se nacionalizan pagando a los propietarios, se reparten a los campesinos, y él lo hace para crear empresarios agrarios que compitieran en libertad. La idea de que Árbenz abre las puertas a la Unión Soviética no sé en qué se basa. Hay una cortina de humo ex profeso para justificar una intervención militar, apoyada por la CIA, que deforma la historia y crea una ficción. De cierta forma me vi obligado a recrear una verdad histórica que había sido deformada, lo que hoy llamaríamos fake news…”. Se respondió todo lo contrario a lo que muchos han repetido como estribillo: “Árbenz era agente soviético”.

En nuestro país, muchas propuestas de democratización, a partir de la Liberación, se han catalogado como “intentos comunistas” porque cargamos la mochila del “éxito” de estas fake news de 1954. Como comunistas fueron señalados quienes proponían la candidatura de Arévalo en el 63 y lograron el zarpazo a Ydígoras para iniciar la represión por parte del ejército, como comunistas también fueron calificados quienes lucharon, dentro de la legalidad, por reformas durante los gobiernos militares, y la lista de mártires es larga, entre quienes recordamos a Adolfo Mijangos López y Manuel Colom Argueta, también tildados de reaccionarios por la guerrilla marxista.

En tiempos recientes, comunistas son quienes encarnan postulados multilaterales y así excancilleres de distintos gobiernos que han hecho ver las estupideces de nuestra política exterior han sido bautizados con el sambenito y hasta la ONU o la Cicig, y tantas otras, son comunistas.

Ser comunista es un derecho en un país liberal, pero acá se utiliza como sinónimo de descalificación para huir del debate y con relativo éxito se logra el fenómeno del 54.

Es difícil un futuro armónico cuando grupos, supuestamente ilustrados, utilizan el miedo para mantener posiciones retrógradas. Hoy, Mario Vargas Llosa, un liberal consumado, lo dice con claridad, porque su mensaje es que en nuestro país el mercantilismo es lo que se defiende y cuando se habla de capitalismo no es para todos, sino para quienes pueden gozar de privilegios para montar posiciones predominantes en el mercado. La democratización del capital es fundamental, y si esto no se visualiza seguiremos compitiendo con Haití.