Aleph

Trump, el gran instigador

Carolina Escobar

Somos tan vecinos de Estados Unidos que es común escuchar el “cuando allá tosen, aquí nos da pulmonía”. La política intervencionista y expansionista que la potencia mundial ha practicado por décadas en nuestras pequeñas repúblicas bananeras (pero no solo en ellas), ha quedado documentada en innumerables libros, informes e investigaciones, pero aún más en la vida política, militar, social, cultural y económica de los países y regiones intervenidas.

Hoy, con Trump a la cabeza de la gran potencia, lamentablemente les ha tocado tomar un poco de su propia medicina. A propósito, la senadora por California, Norma Torres, señaló en Twitter el día de ayer: “Emigré de Guatemala para alejarme de los intentos violentos de desmantelar la democracia. Es muy perturbador ver que esto sucede en nuestro país”. Y es que Trump ha sido el gran instigador desde el día 1 de su mandato. Su actitud antidemocrática, bélica e irreflexiva nos ha devuelto a escalones evolutivos muy primitivos de la especie humana y se ha convertido en el símbolo del odio, la confrontación y la megalomanía. No importa si es show o no, el símbolo ya quedó grabado en la memoria colectiva planetaria.

El concepto Trump alimenta la cultura de la muerte, como tantos otros presidentes y dictadores de potencias la han alimentado. Pero Trump los supera con creces. En este momento de la historia, cuando la gran potencia precisaba de un estratega con visión de largo plazo, por la vía democrática del voto resultó en manos de un pequeño e histriónico hombre del espectáculo. Sus acciones y su lenguaje cotidianos lo sitúan como el gran obstáculo epistemológico de su sociedad y su tiempo. Pero, además, Trump no va solo. Él es el ídolo de un amplio grupo de culto y simboliza el inmediatismo, la ignorancia y el abuso de poder. Como tal, precisa de fans, no de una ciudadanía participativa y consciente.

Así las hordas trumpistas que ayer tomaron por asalto el Capitolio e impidieron que Joe Biden asumiera como el nuevo presidente. Eso es lo que alimenta Trump, aunque en su discurso posterior a los hechos haya pedido paz a sus seguidores. Incluso su vicepresidente, Mike Pence, lo ha desafiado diciendo que no tiene autoridad para rechazar los votos electorales que llevaron a la presidencia a Biden. A ello Trump respondió como un macho herido, diciendo que Pence no tenía el coraje de defender a su país y a su Constitución.

Es muy simplista decir que Trump está loco o que se parece a los presidentes de nuestros países bananeros (aunque se parezca). Trump no dio la talla y le jugó mal a su país, a sus electores y al mundo, porque un idiota con poder es peligroso. Entendemos esta posmodernidad política, con todas sus incertidumbres y enormes abismos, pero el símbolo Trump ha desgastado el concepto de democracia. ¿Por qué hablar de la inestabilidad en el norte cuando en Guatemala tenemos mil problemas que poner sobre la mesa para dialogar, debatir y actuar? Porque, como ya lo dije al inicio, lo que allá sucede, acá termina siendo un tsunami.

Siempre he creído que grande es la persona que lucha por las cosas que probablemente nunca verá cumplirse durante su vida. En ese sentido, me identifico con el “pensamiento catedral” del filósofo australiano Roman Krznaric, que habla de la necesidad de “reconectarnos con la tierra y con los largos ciclos del tiempo”. El cortoplacismo frenético que Krznaric señala está en la raíz de las crisis que enfrentamos, y sería un acierto que la clase política actual comenzara a pensar y actuar en estos términos. Los desafíos actuales, dice él, son de largo plazo y entre ellos están el cambio climático, las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial, el bioterrorismo y las pandemias. Trump y su cortoplacismo le quitó voz a las generaciones futuras, porque como mal político, solo supo ver a cinco metros de su nariz. Que se vaya ya.