Familias en paz

Un bálsamo para la soledad

Rolando De Paz Barrientos rolando.depazb@gmail.com

Cuando las ciudades crecen, la soledad de las personas aumenta. La sociedad de consumo ha transformado los valores y las prioridades: hace de las personas seres individualistas, centrada en sí mismos, buscando frenéticamente su propio éxito, olvidándose que hay un prójimo, alguien cercano con necesidad de afecto y con la capacidad de complementarnos de manera increíble, cuya interacción enriquece nuestras vidas haciéndonos mejores personas.

El enfoque de los negocios se centra en crear nuevos consumidores. Utilizando la tecnología, han desarrollado espacios que simulan puntos de encuentro que pretenden llenar la necesidad profunda de interactuar, convirtiendo finalmente a las personas en un objetivo, algo que se puede explotar.

En este contexto, hacer amigos es un verdadero desafío, hemos olvidado abrazarnos con sinceridad, vernos a los ojos, decirnos las cosas de frente o simplemente sentarnos a tomar un café sin que el teléfono esté estorbando el momento. La híper-conectividad acrecentó el aislamiento, minando la capacidad humana de interactuar con otros cara a cara, limitando las relaciones a distancia, superficiales, llegando a esconder nuestra identidad en un avatar o nickname. Nuestra mejor versión ya no es tan real, hemos adquirido la habilidad de transformarnos en el espacio virtual, donde nadie nos juzga. Son relaciones débiles donde el cuidar el uno del otro es cosa del pasado. Conectados pero sin el compromiso de sufrir la pena ajena, llamamos amigos únicamente a aquellos que llenan nuestras expectativas de placer, diversión o interés propio.

Pero la gran verdad es que los seres humanos estamos diseñados para dar y recibir amor, la soledad es antinatural. El afecto y el compañerismo es una necesidad latente desde el vientre de nuestra madre hasta nuestro último suspiro. No hay peor muerte que la que se da en soledad. Los hospitales y asilos evidencian la ingratitud extrema a la que somos capaces de llegar. En ambos lugares el mayor padecimiento no es físico, sino espiritual; el dolor de sentirse olvidado, a pesar de haberlo dado todo por una familia.

A pesar de los avances científicos, no hay medicina para la soledad. Solo la amistad que acompaña y que se involucra es capaz de amortiguar el aislamiento. En esto radica el valor de la familia en la sociedad, ese núcleo de relaciones sanguíneas que da valor y sentido de pertenencia al individuo, donde se conoce el amor incondicional mediante el esfuerzo de seres humanos que lo dan todo por otros sin esperar nada a cambio. Es la estrategia de Dios para el desarrollo y realización del individuo.

¿Se puede cambiar el rumbo? Por supuesto que sí. La capacidad de amar y comprometerse con el prójimo es una virtud que viene de Dios. El amor y la misericordia como características de su imagen y semejanza cumplen su propósito cuando la ponemos en práctica, llegando a ser de bendición a nuestros semejantes: amando y respetando a nuestra esposa e hijos, cuidando de nuestros ancianos, interesándonos en las necesidades ajenas, dejando por un momento de ver solo nuestros intereses.

Hay un principio fundamental que dice: “el hombre que tiene amigos ha de mostrarse amigo; y amigo hay más unido que un hermano”, y no hay amor más grande que aquel que da su vida por sus amigos. Jesús es el modelo de amistad sincera y comprometida que todos hemos de imitar. Solamente en él podemos encontrar la capacidad de despojarnos de la superficialidad del mundo moderno, para reenfocarnos en lo más importante: dar amor al prójimo, ser instrumento de bendición para aquel amigo que lo necesita.