Aleph

Un cuerpo dice siempre la verdad

Carolina Escobar

¿Qué pasa cuando una niña o una mujer dice que fue violada, pero no le creen? ¿O qué sucede cuando fue violada, pero no le quiere contar a nadie? ¿O cuando fue violada pero también es asesinada y, por lo tanto, no puede hablar? En el campo de la evidencia forense, se sabe que los cuerpos siempre dicen la verdad, aun cuando el discurso no sea creíble o posible. Un cuerpo habla y permite obtener información; hay marcas que la historia de cada quien ha dejado en su cuerpo, indelebles unas y evidentes otras, pero marcas al fin que permiten acercarse bastante a la verdad. Si no, ¿por qué otra razón seguiría desaparecido el cuerpo de Cristina Siekavizza?

Si quisiéramos dejar la subjetividad atrás y basarnos solo en la evidencia, sabríamos inmediatamente cómo trata el Estado de Guatemala a sus niñas, adolescentes y mujeres. Bastaría ver sus cuerpos, esos perfectos informantes de realidades que muchos no quieren ver. La violencia contra las mujeres de todas las edades es un problema real al que no llamamos epidemia, porque no es de surgimiento espontáneo, sino un problema estructural de un Estado terrorista, machista, violento e inseguro. Y aunque el problema es real y merece una atención integral, constante, directa y efectiva, sabemos que muchas veces es usado por la clase política para distraernos de problemas, también de hondo calado, como la actual elección de Cortes, la corrupción y la impunidad.

Guatemala está lejos de ser una democracia, y en buena parte se debe a que es un paraíso para quien quiera ejercer la violencia contra las mujeres. Sin embargo, algunos se han molestado por la campaña #TengoMiedo, impulsada por un grupo de mujeres hartas de cuerpos de niñas, adolescentes y mujeres desaparecidas o de cuerpos que aparecen cada día golpeados, asfixiados, mutilados, violados, torturados, desnutridos, en tragantes, en sus casas, en las calles y caminos de todo el país. Y es que, históricamente, se ha considerado una debilidad expresar el miedo. Por eso los ejércitos, así como otras personas e instancias de corte autoritario y patriarcal, no lo nombran ni lo reconocen, aunque lo generen.

El miedo es un mecanismo de control al que hay que reconocer y nombrar primero para erradicar después. No es casualidad que, por siglos, a las mujeres nos relegaran al silencio, con el propósito de que no expresáramos nada sobre nuestros miedos y el orden que los causa. En los cuerpos de las mujeres se cuenta una sociedad. En Guatemala, los cuerpos de las mujeres están para sostener un determinado orden, y mejor si son obedientes, dóciles, maternales y silenciosos. Por eso no quieren que nombremos los miedos. La paradoja es que el Ministerio Público, instancia encargada de las investigaciones criminales en el país, haya rechazado la campaña #TengoMiedo, argumentando que “no es así como se logra justicia en este país”, al mismo tiempo que presentaba unas cifras que documentan 43,482 denuncias de hechos violentos contra las mujeres en el 2020. Quienes entienden de violencia contra las mujeres saben que solo se denuncia un 10% de las agresiones. Saquemos la cuenta.

Y no es que siempre tengamos miedo de todo y de todos, en todas partes. No es binario este asunto de tener miedo de todo o no tenerlo de nada. Hay ciertos hechos que nos dan miedo, nos incomodan y se repiten en nuestras vidas a lo largo de nuestra historia como mujeres, gracias a los papeles que representamos en una sociedad como la nuestra. Según el contexto, unas mujeres pueden experimentar más situaciones de miedo que otras. Sin embargo, aunque nuestros cuerpos se inscriben en una determinada cultura, también pueden reescribirla. Por eso escucho con atención los miedos de las niñas y jóvenes violadas, maltratadas, abusadas y marginadas; cada cuerpo me sigue contando una historia distinta de horror y resistencia. Y entre más nombran sus miedos, más cerca están ellas de sus cuerpos, esos cuerpos que algún día vivirán libres de violencia.