Familias en paz

Un matrimonio sólido

Rolando De Paz Barrientos rolando.depazb@gmail.com

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Una pareja estuvo casada por más de 60 años. Durante ese tiempo no tuvieron secretos, excepto una caja de zapatos que la viejita guardaba en el clóset, del cual le dijo a su esposo que nunca la abriera ni preguntara nada. Cierto día ella enfermó, el anciano sabiendo que ya no se recuperaría decidió ordenar sus cosas topándose con la caja de zapatos. Llevándosela supo que era el momento de saber que había adentro. Encontró dos muñecas tejidas y casi US$100 mil en efectivo. La anciana le dijo: “Cuando nos casamos, mi abuela me dijo que el secreto de un buen matrimonio era nunca discutir, que cada vez que me enojara contigo debería guardar silencio y tejer una muñequita”. El viejito tuvo que contener las lágrimas creyendo que durante todos esos años solamente dos veces se había enojado con él. “Pero, ¿el dinero qué significa?”, le preguntó. Ah, dijo la viejita, “es lo que me gané con todas las muñecas que vendí durante todos estos años”.

Como esta anciana, muchos consideran que el secreto de un buen matrimonio es aguantar y callar. Sin embargo, el matrimonio no es un invento humano, sino divino y la pregunta es ¿cuáles son los elementos esenciales para que un matrimonio sea sólido y duradero?

No fuimos creados para la soledad, necesitamos de un compañero de vida, una ayuda adecuada para que juntos, en perfecta complementariedad cumplamos el propósito de llenar la tierra y administrarla.  Para cumplir su propósito se requiere efectuar tres acciones: la primera es “dejar padre y madre”. Esto no implica un abandono, rechazo o deshorna, sino todo lo contrario. La honra a los padres es un mandamiento que dura toda la vida, aun cuando ya no estén con vida. Y no hemos de honrar solo a los que a nuestro juicio fueron buenos padres, sino también aquellos que no lo fueron. Acá radica la causa de la bendición añadida a este mandato. El dejar implica separarse de la familia paterna para formar un nuevo núcleo familiar, y debe darse en las siguientes dimensiones: geográfica, puesto que lo ideal es que ya no vivan en casa de sus padres —“el casado, casa quiere”—; económica, ya que dejarán de ser dependientes para hacerse responsables de proveer y administrar los recursos del nuevo hogar. Si falta el dinero, es con el cónyuge con quien hemos de aprender a solucionar los problemas; psicológica, puesto que ahora hemos de aprender a tomar nuestras propias decisiones haciéndonos responsables de ellas, ya no depender emocionalmente de los padres; espiritual, pues ahora tanto de manera individual como en pareja deben tomar la iniciativa de buscar de Dios.

La segunda acción es “unirse” al cónyuge. El verbo utilizado en esta palabra tiene el sentido de “adherirse como pegamento”. Se trata de un hombre y una mujer tomados de la mano, unidos con pegamento que si intentan separarse se rasgarían la piel, lastimándose. Lo mismo ocurre con el divorcio o la separación, ambos quedan lastimados. Por esto mismo el divorcio no es la voluntad de Dios.

La tercera acción es llegar a ser “una sola carne”. Imagina tener dos vasos de agua, una cristalina y otra de color. Al mezclar ambas es imposible volver a separarlas, se convierten en un solo elemento. Ya no son más dos individuos independientes, sino ahora llegan a ser una sola entidad —dependientes y complementarios el uno al otro—. Se convierten en una sola carne en dos dimensiones: en unidad física, la cual ocurre cuando la pareja se unen en la relación sexual y la segunda en unidad emocional y espiritual.

¿Estamos dando los pasos correctos para construir un matrimonio sólido? De todo corazón, espero que así sea.