Si me permite

Una buena filosofía resuelve toda discusión

Samuel Berberián samuel.berberian@gmail.com

“Una gran filosofía no es la que instala la verdad definitiva, es la que produce una inquietud.” Charles Péguy

Cuando escuchamos que hablan de filosofía surge una diversidad de conceptos, pero el sentido puramente etimológico de la palabra por su origen en griego es simplemente ser amigo de la sabiduría, y eso simplemente nos lleva a relacionarnos y convivir con las cosas que reflejan la sabiduría.

En la vida diaria y las relaciones personales, los amigos nos aconsejan algunas veces porque nosotros nos acercamos y lo pedimos y otras porque ellos toman la iniciativa de esta práctica, así es como se aplica la sabiduría.

Una de las mejores ilustraciones que nos pueden ayudar para comprender la práctica de la verdadera sabiduría es de aquel que, teniendo un terreno y quiere construir algo, lo primero que tiene que hacer es decidir qué es lo que quiere construir y el siguiente paso es buscar un arquitecto, expresar lo que tiene en su mente y el arquitecto le dirá si es factible o no lograrlo, viendo el espacio y el tipo de terreno.

De la misma manera cuando uno está elaborando sus pensamientos, la filosofía es la que, como el arquitecto, le ayudará a lograr la manera de formular las ideas y cómo ordenarlas para que se pueda comunicar aquello que en un principio era simplemente una idea, o dicho de otro modo, una premisa. De lo contrario, en las pláticas más educadas la expresión “no comprendo lo que me quieres decir” es lo que logramos, pero cuando, en el caso contrario, se formularon las ideas correctamente, al compartirlas siempre recibiremos la frase tan agradable: “te comprendo”.

Por ello los humanos tenemos la capacidad de pensar, y esto se hace de manera ordenada y progresiva. Iniciamos en algo, y si lo elaboramos en la mente nos puede llevar a temas que muy posiblemente en el principio no estaban contemplados. Los que sabemos hacer esto debemos entrenar a nuestros pequeños, cuando dicen o piden algo, a hacer toda la formulación mental primero, para que cuando lo digan sean persuasivos. Este es el inicio del aprendizaje de la filosofía.

Nuestra mente trabaja con ideas, conceptos y figuras, muy parecido a las dos agujas que la abuela tenía en su mano, con la lana, que con un ritmo increíble estaba tejiendo y uno observaba cómo se avanzaba, y cuando menos lo pensaban ya estaba tallando lo que había trabajado. Las ideas se entretejen con estructuras filosóficas para enriquecer las relaciones y también el conocimiento.

A la verdad, como nuestro cerebro es un músculo, hay que ejercitarlo por mucho que nos cueste al inicio, ya que al ir avanzando no solo es mucho más fácil, sino también es mucho más gratificante. Por ello los que auténticamente son filósofos no necesitan agenciarse del discurso para una gratificación. Pueden estar sentados en su silla solos y descansando, pero con mucha facilidad filosofando, al punto de que en un momento se les escucha una carcajada por la conclusión a la que han podido llegar.

Es prudente y de sabios aprender a no pensar en voz alta, sino ejercitarnos en nuestras ideas de la manera que las podemos estructurar para que en el momento que las estemos compartiendo ilustremos y eduquemos a los nuestros. Claro, vivimos muy apurados y mucho más embebidos con preocupaciones, pero filosofemos para que la mente pueda de alguna manera disipar las preocupaciones.